miércoles, enero 14, 2009

"¿Qué buscan?" - 2 º Domingo del Tiempo Ordinario

Voy a retomar esto del blog, ha sido casi un año del último posteo. Vamos a ver como resulta este ejercicio de escribir un breve comentario al Evangelio de cada domingo.

Domingo 18 de enero, 2009
Domingo II del Tiempo Ordinario, Año B

Evangelio según San Juan 1, 35-42


Este texto del Evangelio es súper importante hoy en día para la Iglesia en Chile ya que, inspirados por el Documento de Aparecida, hemos tomado este texto como modelo y guía para nuestras orientaciones pastorales para los próximos años. Se trata del encuentro con Jesús y de su impacto en aquellos que se han atrevido acercarse a Él.

El texto nos recuerda la experiencia de los primeros discípulos, ellos siguen a Jesús incentivados por Juan Bautista. Al darse cuenta Jesús que lo siguen, se da vuelta, los mira y les pregunta: "¿Qué buscan?". Los discípulos responden: "Maestro, ¿dónde vives?".

La pregunta de Jesús hacia los discípulos es la pregunta esencial, fundamental de todo hombre. Hoy también se nos pregunta: ¿Qué buscas? Y nosotros mismos nos podemos preguntar: ¿Qué es lo que busco en mi vida; qué es lo que busco en Dios, en Jesús, en la Iglesia?

En la parroquia me doy cuenta que muchas veces las personas vienen a buscar soluciones. Quieren saber el "cómo" hacer las cosas en sus vidas. Quieren saber cómo educar sus hijos, cómo vivir en pareja, cómo aceptar la muerte de un ser querido, cómo enfrentar sus miedos, cómo tener más paciencia, cómo deben actuar frente a tal o cual situación... Pero se han olvidado hacerse otra pregunta anterior que es mucho más importante. Se trata de preguntarse por el "porqué". Ya lo decía Nietzsche, y la idea se reafirmaba en el famoso libro "El Hombre en Busca de Sentido" de Víctor Frankl: "El que encuentra un porqué, casi siempre encontrará el cómo". El teólogo suizo, Hans Urs von Balthasar también comentaba algo de lo mismo en una conferencia en la década de los '70 titulada "¿Por qué aún soy cristiano?".

Preguntarse por el porqué es mucho más esencial que cualquier otra pregunta y es la pregunta que nos hemos dejado de hacer en muchos ámbitos, desde lo más universal y social hasta las cosas más íntimas y personales. Como siempre, los niños nos llevan la delantera al Reino de los Cielos. Una sobrina que casi cumple sus tres años de edad está en la etapa de los porqué. No se cansa de preguntar ¿por qué esto y por qué aquello? Ya más viejos no nos hacemos tantas veces esas preguntas. ¿Será porque nos aburrimos; o porque tememos aburrir a otros; será porque nos cansamos de buscar respuestas; será porque dudamos de que existan; será porque pensamos que tenemos todo solucionado?

Por muchos años como Iglesia nos hemos estado preguntando por el cómo ser cristianos en el mundo de hoy y hemos dejado de lado la pregunta más fundamental del por qué lo soy en primer lugar. Ser cristiano sólo tiene sentido gracias a que Alguien una vez dijo "Yo soy el camino, la verdad y la vida". Sólo porque ese Alguien, Jesucristo, realmente puede pretender decir de sí mismo que es el camino, la verdad y la vida es que el cristianismo tiene sentido. El ser cristiano se trata de una relación con una Persona, con Jesucristo. Como dijo el Papa en su primera encíclica Deus caritas est: "No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona...". Esto es lo que los obispos en Aparecida trataron de rescatar al poner sobre todo el encuentro con Cristo. El habernos quedado solo con preguntarnos por el cómo ser cristianos nos llevó a ser demasiado "activistas", dejando de lado el verdadero motor que impulsa todo el quehacer de la Iglesia. Aún hoy sufrimos esas consecuencias y por eso necesitamos renovarnos, volviendo a la raíz de todo, preguntándonos porqué somos cristianos, y reencontrándonos con la persona de Cristo, el único que da sentido a todo lo demás.

Cuando Jesús les preguntó a los primeros discípulos qué buscanban, estos respondieron: ¿Maestro, dónde vives? No le dijieron que buscan sabiduría, ni vida eterna, ni un manual para saber cómo desenvolverse en la vida, ni tampoco la solución a sus problemas, ni paz, ni bienestar, ni un sentido o un propósito para sus vidas. Querían saber simplemente dónde vivía Jesús. Porque sabían que encontrándose personalmente con Él, viviendo con Él, teníendolo a Él, tendrían todo lo demás y mucho más de lo que se podrían imaginar.

viernes, febrero 08, 2008

La Tentación Existe

Acerca de las tentaciones de Jesús en el Desierto (Mt 4,1-11)
Apuntes para la homilía (Domingo I de Cuaresma – Año A)

“El mal no existe.” “El pecado no existe.” Afirmaciones como estas las escucho constantemente en labios de personas de diferentes grupos socioculturales, tanto de jóvenes como adultos.

El episodio de Jesús en el desierto y las tentaciones que sufrió nos ayudan a recordar lo que tantas veces ya hemos escuchado pero olvidamos a menudo: que el mejor engaño que nos puede hacer el diablo, es hacernos creer que él no existe.

Cuanto se alegraron los necios cuando escucharon al Papa Juan Pablo II decir que el infierno no existía (1). Pero claramente sacándolo de su contexto. Y ahora algunos se han escandalizado por las palabras de Benedicto XVI cuando dijo recientemente que el infierno sí existe (2). El Salmo 14 lee: “Dice el necio para sí: ‘no hay Dios’”. Hoy el necio dice: quizás hay un dios, pero por cierto no hay diablo.

Como les decía, he escuchado (y sólo escuchado porque no he sabido en el momento enfrentar tanta necedad) algunos decir que no hay pecado, lo que existe son experiencias, quizás errores, pero de ninguna manera existe el pecado, o la maldad… Y por lo tanto no existen tampoco tentaciones, lo que hay son quizás decisiones, oportunidades, etc., pero no tentaciones… Se defienden diciendo que toda experiencia es una ocasión para crecer, el crecimiento es siempre bueno y por tanto, toda experiencia es siempre positiva y no se le puede poner una carga moral.

Vayamos mejor a nuestro texto. Dice que: “Entonces Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo” (Mt 4,1). Es extraño pensar que el Espíritu llevó a Jesús para ser tentado. ¿Cómo es posible que Dios ocasione la tentación? ¿Qué tipo de Dios es éste? Es interesante destacar que en la Biblia el concepto de tentación puede significar tanto seducir como también poner a prueba. Que quiere decir esto, que Dios permite la tentación, incluso quizás a veces la provoca, no para ponernos a prueba para ver hasta donde aguantamos sino en el sentido de que nosotros descubramos quienes somos realmente y descubrir no tanto nuestras habilidades sino nuestra disposición interna. Y recordemos que Dios no permitirá que seamos tentados por encima de nuestras fuerzas (cf. 1 Cor 10,13). Pero al mismo tiempo, en el momento de la tentación, el diablo se aprovecha para seducir al pecado, es decir, renegar de Dios.

“Después de haber ayunado cuarenta días y cuarenta noches, sintió hambre” (Mt 4,2). Es justamente aquí, cuando sintió hambre Jesús que el diablo se acercó para tentarlo: “Y acercándose el tentador, le dijo: Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan” (Mt 4,3). He aquí la astucia de Satanás. Cuestiona a Jesús partiendo del supuesto amor que el Padre Dios le tiene: “si eres Hijo de Dios…”

En nuestra vida también el diablo comienza desde esta primicia: si Dios existe, si Dios es amor, si realmente ama a la humanidad, si te ama a ti, ¿por qué permite este dolor, tanto dolor? Y lo hace sobre todo cuando estamos “volando bajo” como decimos aquí en Chile, o sea cuando somos más propensos al dolor, y no sólo el propio, sobre todo el del prójimo. Verás, que el diablo cuando tentó a Jesús no le estaba sugiriendo que sólo saciara su propia hambre, le estaba insinuando otra forma de ser Mesías, de ser el Salvador. La tentación de Jesús en ese momento no era sólo del hambre del desierto, era sobre todo acerca de su identidad como el Mesías, el Hijo de Dios vivo y de cómo iba a salvar a la humanidad. Jesús se había hecho solidario con el sufrimiento humano, lo conocía afondo. Para ser el Salvador sería más fácil convertir las “piedras” de la vida humana en “panes” para saciar nuestra “hambre”. Y así también nosotros lo sentimos muchas veces, nuevamente nos preguntamos: ¿por qué Dios permite tanto dolor? Y sufrimos más por el dolor ajeno, de las personas que amamos. ¡Cuánto desearíamos saciar su hambre! Porque al mismo tiempo estaríamos saciando la nuestra.

Pero el Señor responde: “no sólo de pan vive el hombre…” (Mt 4,4b) En esto el Señor nos invita a algo más. Con esto nos indica lo elevado de la dignidad del hombre, nos muestra la grandeza del espíritu humano. “…sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mt 4,4c).

Uno de los personajes de la novela “Los Hermanos Karamázov” de Dostoievski hace una interesante interpretación de este pasaje de la Biblia (3). Y aunque el discurso del personaje está sumergido en cierta ironía no deja de sorprender la lucidez del trasfondo de su discurso. En las tentaciones Jesús ganó para nosotros nuestra libertad. Al no caer en la tentación de saciar el hambre de la humanidad con pan, sino con toda palabra que sale de la boca de Dios, ha reafirmado que el ser humano está llamado libremente a una vocación sobrenatural. “Para ser libres nos ha liberado Cristo” (Ga 5,1).

Pero en la novela también se destaca que el ser humano a veces desearía nunca haber tenido esta libertad. Por una parte, nos gusta sentir que somos libres. Pero por otra, nuestros pecados y tentaciones, producto de nuestra libertad, nos avergüenzan. La solución al problema es simple: negar que la culpa existe. De esto se ha preocupado de modo excelente la psicología y el psicoanálisis. Ni para que mencionar como esta tendencia se ha propagado por los medios de comunicación, el pensamiento intelectual, la vida diaria de la gente común y corriente, e incluso en nuestras iglesias. Se dice que eso de la culpa y el pecado es algo que los curas inventaron para mantener a la gente bajo su dominio. Es algo del pasado, ya está superado…

Es verdad que el Señor nos quiere liberar de todas nuestras culpas y pecado. Y es verdad que no podemos vivir sanamente siempre subyugados por el sentimiento de culpa. Pero una buena dosis de culpa a veces puede hacer mucho bien. En primer lugar, ante la tentación, nos puede ayudar a medir las consecuencias. También nos puede llevar a la verdadera redención. En el libro “The Kite Runner” de Khaled Hosseni, una novela que ha tenido mucho éxito a nivel mundial, uno de los personajes afirma que “la verdadera redención… es cuando la culpa conduce al bien”(4). O sea, la culpa, aceptada humildemente, nos puede ayudar a llegar a hacer mucho bien. Es ese reconocimiento de la culpa, del pecado, que nos pueden ayudar a reparar el daño hecho.

El diablo es astuto. Siempre va a querer engañarnos utilizando la verdad y explotando los buenos deseos y sentimientos que tenemos. Y nos engaña precisamente al convencernos que sus tentaciones no son pecado, todo lo contrario, son el bien. En mis conversaciones con los internos de la cárcel de Valparaíso se escucha mucho esto. Siempre hay una justificación para el crimen, la maldad, el engaño. El otro día escuchaba una entrevista a un ex-extremista musulmán que decía que muchos amigos suyos y también personas que admiraba terminaron siendo bombas suicidas (5). Decía que era gente buena, desprendidos de sí mismos, y que era esa misma cualidad la que fue explotada para el mal. Pero quizás no es necesario dar ejemplos tan extremos. En la vida diaria, nos enfrentamos constantemente a este dilema.

Es verdad que muchas veces sentimos hambre. Y es verdad que sobre esta hambre seremos tentados. Pero recordemos que Jesús también dijo: “Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados” (Mt 5,6). Busquemos que el Señor, y no el tentador, sacie nuestra hambre teniendo presente que Él mismo dijo “Yo soy el pan vivo, bajado del cielo” (Jn 6,51).

¿Significa esto desentendernos de las preocupaciones de este mundo y de las necesidades de nuestros hermanos? ¡De ninguna manera! Respecto al mismo texto de las tentaciones, el Papa Benedicto XVI hace una hermosa reflexión (6). El Papa recuerda como en una ocasión Jesús dio de comer a la multitud. El Papa se pregunta: “¿Por qué se hace en ese momento lo que antes se había rechazado como tentación?” Era porque se había mantenido el justo orden de las cosas: “busquen primero el reino de Dios y su justicia, y todas esas cosas se les darán por añadidura” (Mt 6,33). El Papa luego cita a un jesuita alemán, Alfred Delp, que fue ejecutado durante la Segunda Guerra Mundial: “El pan es importante, la libertad es más importante, pero lo más importante de todo es la fidelidad constante y la adoración jamás traicionada” (7). Nos dice también el Papa en su libro que “cuando no se respeta esta jerarquía de los bienes, sino que se invierte, ya no hay justicia, ya no hay preocupación por el hombre que sufre, sino que se crea desajuste y destrucción también en el ámbito de los bienes materiales. Cuando a Dios se le da una importancia secundaria, que se puede dejar de lado temporal o permanentemente en nombre de asuntos más importantes, entonces fracasan precisamente estas cosas presuntamente más importantes” (8).


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(1) cf. Juan Pablo II, Audiencia General, 28 de julio de 1999

(2) cf. Benedicto XVI, Encuentro con los Párrocos de Roma, 7 de febrero, 2008. Es interesante hacer un google sobre el tema y ver como los medios lo han tergiversado.

(3) cf. Fiódor M. Dostoievski, Los Hermanos Karamázov, II parte, cap. 5 “El Gran Inquisidor”, Editorial Debate S.A., Madrid, 2000, pp. 362-387

(4) cf. Khaled Hosseini, The Kite Runner, Riverhead Books, 2003, p. 302

(5) Entrevista a Ed Husein en programa radial Speaking of Faith de American Public Media. http://speakingoffaith.publicradio.org/programs/britishradical/index.shtml

(6) cf. Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, Editorial Planeta, Santiago, 2007, pp. 56-58

(7) idem. p. 57

(8) idem. pp.57-58

jueves, enero 31, 2008

Bienaventurados en Nueva York


Hace pocos días tuve la suerte de ir a Nueva York. Sin pagar casi ni un peso la providencia me llevó devuelta al lugar de mi infancia. Después de haber recibido tantas bendiciones por medio de este viaje es solamente justo que haga mención de él y dé algún testimonio de lo aprendido en este corto viaje de diez días a la "capital del mundo".

El Evangelio que leemos este domingo corresponde, a mi juicio, quizás a la página más bella que jamás se ha escrito en la historia de la humanidad. Se trata de las "Bienaventuranzas" del inicio del capítulo 5 de San Mateo. ¿Y qué tiene esto que ver con mi viaje a NY?

Mientras reflexionaba sobre la primera bienaventuranza, "Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos" recordaba mi estadía en NY la semana pasada. A decir verdad, llegué a los EE.UU. con hartos prejuicios contra los "gringos". Pensaba de ellos como personas envueltas en el consumismo, materialismo, individualismo, y no sé cuantos más "-ismos". Mi primera impresión al llegar allá fue de envidia y rencor contra esta nación y pensaba, al ver tanto lujo y derroche, que el resto del mundo (al menos el que yo conocía) vivía de las sobras que caían de la mesa de los norteamericanos. Pensé que jamás se podría encontrar alguien con alma de pobre y por lo tanto alguien que fuese realmente feliz. Pensaba que estas personas eran realmente infelices porque todo giraba alrededor del consumismo. Pero, fui gratamente sorprendido al comprobar lo contrario.

Los "gringos" al final de cuentas me enseñaron harto, mucho más allá del alcance de este simple blog. Descubrí como ellos tratan en su mundo tan tecnificado, comercializado, politizado, etcétera, de vivir las bienaventuranzas. Y respecto a la primera bienaventuranza, acerca de los pobres de espíritu, la comprendí de una manera nueva y esperanzadora. Creo que los gringos, por lo menos los que conocí, aprendieron una gran lección: aunque uno tenga muchos bienes y oportunidades en la vida, uno no tiene la felicidad asegurada. Creo que esta lección está algo relacionado con lo que vivieron el 11 de septiembre del 2001. Y aunque siguen esforzándose duramente para ganarse sus dólares, también saben tomarse su tiempo y disfrutar la vida y estar con las personas que aman. Y así, son personas que inmersos entre tanta multitud, saben apreciar la amistad de una persona. Y en una ciudad que nunca duerme, saben buscar el descanso. Y en un lugar donde el tiempo es oro, han aprendido a no apresurarse demasiado y tomarse el tiempo necesario para las cosas. Y aunque acumulan y gastan harto, son personas que buscan la oportunidad de ser generosos.

Descubrí que llevaba algo de "resentido social" en mí. Y he descubierto nuevamente que Jesús declara ya ahora "felices" a los tienen alma de pobre y no sólo como una promesa lejana. Ojalá algún día todos los países tengan los beneficios del desarrollo para todos sus ciudadanos. Pero mientras tanto, no debemos posponer nuestra felicidad para otro día, o para otra situación. Tampoco nos podemos resignar con la pobreza. No podemos calmar nuestra conciencia pensando que algún día Dios premiará a los pobres. Creo que Dios desea que todos sus hijos disfruten de los bienes de este mundo y de las cosas hermosas que el ser humano ha creado.

En fin, recordemos lo que San Pablo nos enseña: "He aprendido a contentarme cualquiera que sea mi situación. Sé vivir en pobreza, y sé vivir en prosperidad; en todo y por todo he aprendido el secreto tanto de estar saciado como de tener hambre, de tener abundancia como de sufrir necesidad. Todo lo puedo en Cristo que me fortalece (Flp 4,11-13).

* En la foto, un recuerdo de NY. Creo que Dios también debe tener uno de estos en su escritorio. : )

miércoles, diciembre 19, 2007

Un buen regalo para Navidad


¿Se han fijado que la publicidad hoy en día habla mucho del auténtico sentido de la Navidad? Desde créditos bancarios, fundaciones de beneficencia, y no sé que más hablan de recobrar el auténtico sentido de la Navidad. Hasta la Presidenta el otro día dijo que la Navidad es "alegría, amor y esperanza, esperanza para que todos en Chile podamos tener una vida mucho mejor".

Tienen razón, pero sabemos también que hay algo más. Es verdad lo que dicen, pero no es "la Verdad". El otro día en la cárcel, en el módulo donde están los estafadores y otros convictos de "crímenes blancos del collar", conversábamos acerca del sentido de la Navidad. Uno de ellos nos dijo algo que he aprovechado de compartir en mis homilías.

En primer lugar nos dijo como la publicidad nos conduce al consumismo y consecuentemente vamos perdiendo el sentido de la Navidad. Luego nos dio como ejemplo un comercial que sale en la televisión. Un spot publicitario muy simpático donde se recrea el pesebre y se invita a mantener el verdadero espíritu de la Navidad. En seguida ofrece como solución un crédito bancario. Nos decía este interno que "un buen engaño siempre va a jugar con la verdad". Y según él la publicidad, especialmente ésta, era un engaño. Así entonces el mundo también va a ofrecernos lo que tenemos por verdadero, pero al fin de cuentas nos venden algo totalmente diferente.

Moraleja: Que no dejemos que nos cambien el sentido a la Navidad.

¿Y cuál es el sentido de la Navidad? ¡Jesús!, obviamente.

Pero ¿a qué ha venido Jesús? El evangelio para este domingo IV de Adviento nos dice:

“Ella (la Virgen) dará a luz un hijo, a quien pondrás el nombre de Jesús, porque él salvará a su Pueblo de todos sus pecados”. (Mt 1,21)

Jesús nos viene a salvar a de nuestros propios pecados. Existe una leyenda acerca de San Jerónimo y el Niño Jesús que nos puede ayudar a recordar este "auténtico sentido de la Navidad". (Recordemos que San Jerónimo vivió como ermitaño cerca de la gruta de Belén en el siglo IV huyendo de los lujos de Roma para ir a hacer penitencia. También es reconocido por haber traducido la Biblia):

Se cuenta que una noche de Navidad, después de que los fieles se fueron de la gruta de Belén, el santo se quedó allí solo rezando y le pareció que el Niño Jesús le decía:


- "Jerónimo ¿qué me vas a regalar en mi cumpleaños?".

Él respondió:

- "Señor te regalo mi salud, mi fama, mi honor, para que dispongas de todo como mejor te parezca".

El Niño Jesús añadió:

- "¿Y ya no me regalas nada más?".

- "Oh mi amado Salvador, exclamó el anciano, por Ti repartí ya mis bienes entre los pobres. Por Ti he dedicado mi tiempo a estudiar las Sagradas Escrituras... ¿qué más te puedo regalar? Si quisieras, te daría mi cuerpo para que lo quemaras en una hoguera y así poder desgastarme todo por Ti".

- "Hay algo que todavía no es mío -le dice el Niño-, algo que debe ser mío.

- "Señor, no tengo nada, te di todo: mi vida, mis bienes, mi corazón, mi alma... Todo es tuyo".

El Divino Niño le dijo:

- "Jerónimo: regálame tus pecados".

- "¿Mis pecados, Dios tres veces Santo?" le contestó Jerónimo.

- ¡Dámelos todos para que te los perdone todos!

Y el corazón del piadoso anciano se deshizo en afectos ardientes de amor ante tan inmensa misericordia de su Dios.

miércoles, diciembre 12, 2007

Resignación, compadre, resignación...

¿Se han fijado que aveces en un funeral o velorio la palabra "resignación" aparece mucho? Parece que ya no se ve tanto, pero recuerdo que era común que las personas que iban a un velorio al acercase y saludar a los familiares más próximos del difunto, lo hacían diciendo: "resignación". Los de más confianza: "resignación, compadre, resignación". La verdad es que me carga cuando alguien dice eso. Recuerdo que en el funeral de mi abuelo mucha gente me lo dijo. Hoy escuché en un funeral en la parroquia nuevamente aquella odiosa palabra.

Hace unos pocos días atrás escuché a un sacerdote decir que esta palabra no puede estar en el vocabulario de un cristiano y le encontré mucha razón. Según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española la palabra "resignación" significa:
  1. f. Entrega voluntaria que alguien hace de sí poniéndose en las manos y voluntad de otra persona.
  2. f. Renuncia de un beneficio eclesiástico.
  3. f. Conformidad, tolerancia y paciencia en las adversidades.
Por lo general se utiliza en su tercera acepción en el contexto de la enfermedad y la muerte. En este sentido la resignación no es una actitud cristiana. Pues la resignación es una conformidad, tolerancia, una paciencia sin esperanza. Es no tener otra alternativa que darse por vencido y aceptar simplemente la suerte que le ha tocado, es dejar de buscar un sentido, respuestas, un porqué, porque no los hay. La resignación es un sinsentido para el creyente porque la esperanza cristiana nos da la certeza de que todo tiene sentido, especialmente la muerte.

Pero he descubierto también que la misma palabra "resignación" nos tiene harto que enseñar. La palabra resignación viene del latín resignare que podría verse en su raíz de la siguiente manera: "re" (de nuevo, repetir) + "signare" (marcar, señalar). O sea, se podría entender resignare como volver a poner un signum, es decir, signo y un signo nos remite a una significación. En fin, resignación en su sentido auténtico no es conformarse simplemente con el destino y dejar de buscar un sentido, sino todo lo contrario, es darle una nueva significación a los acontecimientos y las adversidades que vivimos, sabiendo que en ellos Dios nos da signos, señales y símbolos que nos ayudan a comprender de otro modo la vida. Entendido de esta forma, la resignación debe ser una actitud constante en nosotros, buscando siempre signos y sentido tanto en la vida como en la muerte. Así, al buscar la "resignación" ante la muerte de un ser querido estoy buscando darle un sentido que me ayude a formar el sentido de mi propia vida.

No sé si ahora me atreveré a decirle a alguien que se resigne en un momento difícil de su vida, pero por lo menos ya no le tendré tanto odio a esta palabra. Quizás también podríamos retomar la palabra según la primera acepción, pero con una pequeña modificación: Entrega voluntaria que alguien hace de sí poniéndose en las manos y voluntad de otra Persona (es decir, Dios).

* En la foto: Una visita a un hogar de ancianos el día 1 de noviembre, Día de todos los Santos. Se celebró allí una misa en memoria de todos los difuntos del hogar.

miércoles, agosto 29, 2007

La Paradoja de la Princesa y la Monja

Así comenzó una homilía en una capilla, la mayoría de las personas adultas, hace unos días atrás:

- ¿Se acuerdan de la Princesa Diana?, les dije.

- ¡Sí!, respondieron todos, casi con una sonrisa en los labios de todos.

- Bueno, ella va a cumplir diez años de fallecimiento a fin de mes. ¿Y se acuerdan de la Madre Teresa de Calcuta?

- ¡Sí!, respondieron todos, también con una sonrisa en sus rostros.

- ¿Se recuerdan que la Madre Teresa murió sólo unos días después que la Princesa?

- Sí.

- ¿Se han fijado como el mundo aún recuerda a la Princesa? Con conciertos, revistas, reportajes, documentales, etc. ¿Y la Madre Teresa, quién se acuerda de ella? Por lo menos el mundo no la recuerda tanto como a la Princesa. No quiero compararlas entre sí, ellas eran amigas y ambas entregaron lo mejor de sí al mundo, pero sí quiero destacar que a veces el mundo sólo valora lo esplendoroso, la fama, la “belleza”, lo polémico… Y no recuerda, o no toma en cuenta, el sacrificio, el amor verdadero, la pobreza, la santidad… La Princesa Diana era una mujer alta, atractiva, joven, con riquezas y fama. La Madre Teresa era chica, vieja, poco atractiva, pobre, y con fama de santa…

Y bueno, ustedes se pueden imaginar el resto de la homilía.

Después fui un día al colegio, y con un grupo de alumnos de octavo básico, de unos trece, catorce años, hablando acerca de la vanidad del mundo les quise proponer el mismo ejemplo. A mi sorpresa, no me funcionó con ellos como quisiera, pero me comprobó tristemente que tenía razón.

Les hice la misma pregunta:

- ¿Se acuerdan de la Princesa Diana?

- ¡Sí!, contestaron todos.

- ¿Se acuerdan de la Madre Teresa de Calcuta?

- Se quedaron todos mirándose, extrañados, ninguna respuesta, sólo una pregunta: ¿‘La madre’ quién?

domingo, agosto 19, 2007

Mal Social: Hombres poco hombres

Muchas veces, una vez tras otra, escucho y veo lo mismo. Mujeres, de diferentes niveles sociales, de diferentes contextos, opciones de vida, estado civil, etc. que son abandonadas, engañadas, desilusionadas por los hombres que son supuestamente sus esposos, pareja, compañero de vida, padres de sus hijos. Tantos niños, jóvenes que no tienen ese respaldo paterno, que no sólo impone orden, sino también creatividad y libertad. Lo que me lleva a pensar aveces que una de las causas de los males de nuestra sociedad es la calidad de hombres, varones, que estamos produciendo. Esto viene a raíz de pensamientos y reflexiones que he tenido últimamente debido a los incesantes casos que debo ver, escuchar y acompañar día tras día.

Cuando se habla aveces hoy en día de ser "hombre", de ser "macho" se entienden cosas que están muy lejos de lo que realmente debería significar. Ser hombre de verdad no tiene que ver esencialmente con tener ciertos genitales masculinos y hacer uso de ellos. Creo que ser hombre va un poco más allá de algo biológico. Hay muchos que andan por ahí, que se creen bien hombres, dejando hijos por doquier, acomulando un listado de amantes, pero que jamás se hacen cargo de ellos. También están aquellos que escapan de su realidad, no maduran, eluden todas sus responabilidades, le echan la culpa a los demás de sus errores y fracasos, son incapaces de decir las cosas en la cara, andan siempre por detrás tratando de sacar provecho de los demás no importando acudir al engaño o la estafa, y que son incapaces de tomar una decisión real en sus vidas. A todos estos los consideramos por lo general como muy "poco hombres". Entonces la pregunta que nos cabe hacernos es: ¿qué significa ser hombre de verdad?


Respondería según lo que he observado de la siguiente manera:

Un varón realmente hombre es aquel que sabe hacerse responsable de sí mismo. Esto significa hacerse cargo de su historia, de sus logros y fracasos, y no echar la culpa a los demás de su suerte. Y que al tener un señorío sobre sí mismo, sabra controlar sus pasiones, dejarse iluminar por la razón, y hacerse cargo de su futuro.

En segundo lugar, es aquel que es capaz de hacerse responsable de los demás. Un hombre auténtico es aquel que al hacerse cargo de su propia vida también sabrá hacerse cargo de los que lo rodean. Este aspecto lo conllevará a desarrollar dos aspectos más de una auténtica virilidad. No solo se sentirá responsable de los más próximos a él, sino que también se sentirá llamado a contribuir en lo que pueda en el mundo que lo rodea, en su sociedad, su vecindario, su país. Estas actitudes en el varón están reforzadas por otra, que es la capacidad de soñar con los demás. De tener ideales, proyectos, metas, esperanzas, las cuales
sabe que quizás nunca verá realizadas en su vida, pero sabrá que vale la pena luchar por ellas por los que siguen detrás.

Estas son las características de un hombre bien hombre para sus cosas, de los cuales nos sentimos orgullosos de haber conocido, y que ahora tanta falta hacen a nuestra sociedad. Si vemos que los grandes problemas de nuestra sociedad parten de la familia, diría que los problemas de familia parten por la ausencia auténticamente varonil.

Por último, un reconocimiento a todas esas mujeres que con fuerza han demostrado que la virilidad es una fuerza que nace del corazón. La Sagrada Escritura nos enseña esto cuando nos recuerda aquella madre que acompañó a sus hijos al martirio:

"Admirable de todo punto y digna de glorioso recuerdo fue aquella madre que, al ver morir a sus siete hijos en el espacio de un solo día, sufría con valor porque tenía la esperanza puesta en el Señor. Animaba a cada uno de ellos en su lenguaje patrio y, llena de generosos sentimientos y estimulando con ardor varonil sus reflexiones de mujer, les decía: «Yo no sé cómo aparecisteis en mis entrañas, ni fui yo quien os regaló el espíritu y la vida, ni tampoco organicé yo los elementos de cada uno. Pues así el Creador del mundo, el que modeló al hombre en su nacimiento y proyectó el origen de todas las cosas, os devolverá el espíritu y la vida con misericordia, porque ahora no miráis por vosotros mismos por amor a sus leyes.»"

(2 Macabeos 7,20-23)


* En la foto: un paisaje típico de Playa Ancha sacado con un celular con cámara.