jueves, septiembre 01, 2011

Breve aproximación desde la Enseñanza Social de la Iglesia a la problemática actual sobre educación en nuestro país

Ejercicio en Diálogo Civil nº1:


Derecho a la Educación vs. Derecho a la Enseñanza




Esto es sólo una aproximación, no pretende acotar el tema, simplemente pretende dar algunas luces conceptuales acerca de algunos temas de fondo para comprender mejor la problemática sobre educación. El propósito es simplemente dar a los católicos algunas pistas de reflexión para que puedan seguir investigando y armando sus propias conclusiones.


Al parecer hay unanimidad al juzgar que la educación en nuestro país es deficiente. A nivel nacional se destacan varias causas de esta situación, pero la importancia que se les da a cada causa es diferente según diversas posturas y por tanto las soluciones propuestas son distintas e incluso algunos juzgan incompatibles unas soluciones con otras.


Tratando de simplificar todo para lograr comprender los temas de fondo, y con el riesgo de caricaturizar ciertas ideas, es necesario hacer un cierto ejercicio de abstracción. Creo con mucha modestia, según lo que se plantea gracias a varios estudios realizados durante los últimos años y lo reclamado por el Movimiento Estudiantil, que el gran problema de la educación no tiene que ver sólo con un tema económico sino también con algo llamado “capital cultural”. Este capital cultural es como el roce social que le permite a la persona tener más posibilidades en la vida. Por lo general este capital cultural se adquiere por medio de la familia, pero una comunidad educativa como un colegio puede ayudar a aumentarlo.


En el actual sistema educacional básico y secundario se permite el lucro como un modo para incentivar la inversión en este campo dando así mayor oferta educativa que por sí mismo el Estado no podría proporcionar. La crítica actual juzga que este sistema promueve la segregación social y quita recursos de la educación municipal. Por otra parte algunos estudios, y lo que se alega actualmente, es que la calidad de la educación es proporcional al capital cultural y que la supuesta mejora en calidad de los colegios particulares y particulares subvencionados sobre los municipales se debe principalmente a la distribución desigual del capital cultural. El hecho de pagar por la educación ha logrado segregar la población de manera que este capital cultural no se puede compartir.


Al parecer, el llamado a una educación gratuita y pública pretende derribar esta segregación que impide compartir el capital cultural. Una educación basada en estos principios sería supuestamente el signo de una sociedad con menos división social, y por ende más solidaria y con oportunidades similares para todos. Por tanto, la reforma educacional que se pide no es sólo una reforma educacional sino una reforma de paradigma de sociedad. Se pretende que sea el Estado el que regule el mercado y la educación para asegurar para todos el derecho a una misma educación de calidad. La demanda que se hace hoy en día juzga que el derecho a la enseñanza (o también libertad de enseñanza) sostenido por el paradigma actual ha permitido que las leyes del mercado influyan demasiado poniendo en riesgo el derecho a la educación, o mejor dicho, el derecho a una educación de calidad para todos. Por tanto, la solución que se propone es una educación estatal y gratuita.


La contra parte pretende seguir con el paradigma actual, haciendo prevalecer el derecho a la enseñanza, pero al mismo tiempo deseando mejorar la calidad y el acceso a la educación para todos. Aunque al parecer los fines son los mismos, sigue pendiente el tema del compartir el capital cultural, es decir el tema de la segregación social. Lamentablemente este derecho a la enseñanza ha permitido la creación de ofertas educativas de baja calidad y motivadas por el lucro y no principalmente por la educación. Ahora bien, cabe destacar que el derecho a la enseñanza es un gran valor también en sí. De modo análogo a como la justicia es un ente aparte del gobierno y poder legislativo, así también la educación debe tener una cierta autonomía que es propia del ideal de una sociedad pluralista y garantizar así la libertad de escoger entre alternativas educativas.


Resumiendo, gran parte de la pelea está entre el derecho a la educación versus el derecho a la enseñanza. La pregunta es en este dilema ¿si ambos derechos pueden ser compatibles en la práctica?


Pretendemos iluminar ahora la situación a través de la Doctrina Social de la Iglesia. Habrán algunos que consideren irrelevante la opinión de la Iglesia al respecto debido a que por medio de sus colegios y universidades está involucrada en la polémica y por lo tanto es una opinión con “intereses creados”. Como se mencionó al comienzo, pretendemos hacer aquí una reflexión a modo abstracto y conceptual de modo de poder ver los temas de fondo y no dejarnos llevar por prejuicios sino dialogar a nivel de ideas.


Entre las tensiones entre el Estado y el mercado, que es lo que vemos se está cuestionando en el tema educativo, la Iglesia en su Doctrina Social ha propuesto y promovido un tercer elemento: la sociedad civil. El Papa Benedicto XVI, resumiendo en parte lo que sus predecesores ya habían anunciado y promovido, dijo en su Carta Encíclica Caritas in Veritate que “el binomio exclusivo mercado-Estado corroe la sociabilidad, mientras que las formas de economía solidaria, que encuentran su mejor terreno en la sociedad civil aunque no se reducen a ella, crean sociabilidad”[1]. La sociedad civil, entendida como la agrupación de particulares que sin otro interés que el bien común cooperan con Estado, es una fuerza inmensa que puede efectivamente actuar como una especie de catalizador entre el Estado y el mercado. Desde el punto de vista de la educación, la sociedad civil es un lugar donde se puede garantizar la accesibilidad, calidad, pluralidad, integración y solidaridad.


En cuanto al derecho a la enseñanza, la Iglesia declara que este es un principio irrenunciable[2]. Y según el principio de subsidiaridad, promovido por la Iglesia desde 1893 cuando el Papa León XIII escribió su Carta Encíclica Rerum novarum, el Estado debe garantizar el funcionamiento de las obras de la sociedad civil con el apoyo económico[3]. Estos dos principios, el derecho a la enseñanza y el de subsidiaridad, permiten el funcionamiento de una sociedad pluralista, tolerante y también más solidaria.


Por los principios anteriormente mencionados la educación no puede ser tarea exclusiva del Estado. Éste tiene además la tarea de promover que la sociedad civil tome parte en su derecho a la educación a través del derecho a la enseñanza. El tema de la segregación social es un tema en que la sociedad civil, en la cual se incluye la Iglesia, debería tratar y colaborar con el Estado y el sector privado[4]. La transformación de la educación que es eminente es sólo un aspecto para crear una sociedad más justa.


No se pretende dar una solución o propuesta al tema, simplemente quería compartir algunas ideas de fondo para que luego cada uno pueda hacerse de una idea u opinión. Lo que sí creo es que a través de estos principios se puede llegar a una solución intermedia que garantice los derechos de todos. También creo que desde la fe debemos mirar con mucha esperanza los tiempos que estamos viviendo. Queda pendiente el tema del lucro en la educación, ver que se entiende por lucro y su connotación moral dentro del marco de la educación. También quedan pendientes otros temas muy interesantes pero creo que esto es el tema realmente de fondo.


Notas:

[1] Benedicto XVI, Caritas in veritatis, nº 39

[2] cf. Documento de Aparecida nº 339-340; Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, nº 241

[3] cf. Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, nº 187

[4] Para leer más sobre esta triple colaboración entre Estado, sociedad civil y el sector privado se sugiere leer el Capítulo III de Caritas in veritatis.

martes, mayo 04, 2010

“En esto reconocerán que son mis discípulos”

Homilía del Domingo 5º de Pascua
Año C
(2 de mayo de 2010)

Sigo, a pesar mío, con mi ciclo de reflexiones sobre la Iglesia...

Jesús da el mandamiento nuevo a los discípulos: “ámense los unos a los otros como Yo los he amado”. Es el mandamiento de siempre, pero es siempre nuevo porque quien vive de él se renueva, y tanto el que ama como el que es amado se renuevan. El Amor, como dice la lectura del Apocalipsis, “hace nueva todas las cosas”. Luego Jesús añade: “en esto conocerán que son mis discípulos, en que se amen los unos a los otros”. Para Jesús, es el amor entre cristianos es distintivo de sus discípulos, de su Iglesia. El amor es nuestro “logotipo”, nuestra “marca registrada”, nuestra “imagen cooporativa”... De algún modo todas las lecturas de hoy hablan de la “imagen” de la Iglesia. La primera lectura nos muestra como se fue constituyendo la Iglesia en los primeros años, y cómo fue estableciendo su estructura visible. La lectura del Apocalipsis nos muestra a la Jerusalén celestial, imagen futura de la Iglesia de Dios.

Pero lamentablemente en nuestros días, la “imagen” de la Iglesia está empañada por las sombras de unos pocos. Todos queremos que salgamos pronto de esto, pero el daño hecho a la “imagen de la Iglesia” demorará mucho en reparar. El camino fácil sería desentendernos de él, pero el amor del mandamiento nuevo nos exige amarnos los unos a los otros, vivir en espíritu de comunión, de manera que los males causados por algunos nos afectan a todos. Pero del mismo modo, viviendo en el amor mutuo, con el cual se debe reconocer a los discípulos de Jesús, tenemos la esperanza que podemos revertir lo que tanto dolor nos ha causado a todos la última ola de escándalos en la Iglesia.

(La homilía original fue más larga, esto es simplemente un resumen. Más adelante me gustaría seguir reflexionando acerca de esta crisis de “imagen” y lo importante que es la teología del símbolo y la imagen para comprender la sacramentalidad de la Iglesia.)

jueves, abril 29, 2010

Una aproximación teológica a las críticas hechas a la Iglesia debido a los casos de abuso de menores por parte de miembros del clero a nivel mundial.

En una ocasión el rey David fue insultado y maldecido por un hombre llamado Simei. Uno de sus acompañantes insistió en hacer callar a ese hombre pero el rey respond:

“Dejadlo que me maldiga, porque se lo ha mandado el Señor. Quizá el Señor se fije en mi humillación y me pague con bendiciones estas maldiciones de hoy.”[1]

A partir de tanta conmoción en el mundo, en la Iglesia universal, y como también recientemente en Chile debido a los escándalos de pederastría de sacerdotes y sobre la forma en que la jerarquía eclesial ha tratado el tema se han producido diversas reacciones y opiniones tanto dentro como fuera de la Iglesia. En lo personal creo que falta aún un tratamiento más explícito acerca de lo que Dios nos quiere decir con todo esto. Al igual que el rey David es necesario ver esta ola de “maldiciones”, críticas a veces justificadas o a veces exageradas, sobre la Iglesia como algo que también podría venir de parte de Dios. Creo en lo personal que tenemos que considerar seriamente las quejas que hoy se hacen a la Iglesia como algo que ha permitido la Providencia. A veces se ha dado la actitud dentro de la Iglesia, y en especial en el clero, de ver esto como un ataque de los medios de comunicación contra la Iglesia. Independiente de si eso es cierto o no, no podemos dejar de considerar esto como un signo de los tiempos y que a través de él Dios nos quiera decir algo. En lo que sigue simplemente hago un llamado a escuchar seriamente, con humildad y sin una posición defensiva las voces de malestar contra la Iglesia.

La Constitución Pastoral Gaudium et Spes nos da algunas pistas acerca de la relación Iglesia y mundo que nos pueden ayudar en primer lugar establecer una base para abrir nuestro corazón a estas voces que se están escuchando.

“La Iglesia, por disponer de una estructura social visible, señal de su unidad en Cristo, puede enriquecerse, y de hecho se enriquece también, con la evolución de la vida social, no porque le falte en la constitución que Cristo le dio elemento alguno, sino para conocer con mayor profundidad esta misma constitución, para expresarla de forma más perfecta y para adaptarla con mayor acierto a nuestros tiempos. La Iglesia reconoce agradecida que tanto en el conjunto de su comunidad como en cada uno de sus hijos recibe ayuda variada de parte de los hombres de toda clase o condición. Porque todo el que promueve la comunidad humana en el orden de la familia, de la cultura, de la vida económico-social, de la vida política, así nacional como internacional, proporciona no pequeña ayuda, según el plan divino, también a la comunidad eclesial, ya que ésta depende asimismo de las realidades externas. Más aún, la Iglesia confiesa que le han sido de mucho provecho y le pueden ser todavía de provecho la oposición y aun la persecución de sus contrarios.” [2]

Vivimos en un mundo globalizado y pertenecemos a una Iglesia que es universal. Los escándalos que se veían como algo sólo de Europa y Estados Unidos afectan a toda la Iglesia. Y lamentablemente, ahora se han hecho más patente en nuestro país. Ahora bien, si ponemos atención a las críticas, éstas se pueden dividir en dos: una contra los abusos sexuales de menores realizados por sacerdotes, y la otra contra la jerarquía eclesial al tapar estos hechos. Quisiera referirme a esta última. Si nos fijamos, es ésta la que ha producido más escándalo. El último caso que ha aparecido en los medios de comunicación en Chile es simplemente un nuevo botón de muestra de esta crítica, de cómo por más de cinco años que se estaba investigando un caso en silencio sin mayores frutos y sólo ahora cuando salió en los medios de comunicación la “voz oficial” de la Iglesia comienza a hablar. Es más, en su carta referente al tema el Cardenal Errázuriz hace hincapié en “confiar” en su criterio para enfrentar la situación, confianza que “se basa en la gracia que recibe el Obispo”. Es aquí donde reside, según mi apreciación, la raíz de la crítica que se hace a la jerarquía eclesiástica: su presunción casi absoluta de autoridad divina. Desgraciadamente los hechos nos muestran que esta “gracia” es relativa.

En una columna del diario “The New York Times” se comentó que “el Vaticano (refiriéndose a la jerarquía eclesial) lucha con las consecuencias de una mentalidad patriarcal pre-moderna: escándalo, encubrimiento y la más desatinada auto-defensa desde Watergate. Eso es lo que pasa con los viejos clubes de Toby”[3]. Este malestar de la sociedad contra las estructuras jerárquicas de la Iglesia se ve en diversos medios de comunicación, investigaciones periodísticas, novelas, películas, etc. Cabe preguntarnos ¿qué imagen de Iglesia estamos dando? Sabemos que son a veces visiones exageradas y poco objetivas, pero también sabemos que “una buena mentira siempre se basa en la verdad”. ¿Habrá algo de verdad en esta imagen que estamos proyectando? También es necesario ver algunas críticas en esta línea que nacen dentro de la misma Iglesia. Cabe mencionar las opiniones de algunos teólogos como por ejemplo la carta abierta de Hans Küng a los obispos y las propuestas de Javier Pikaza publicadas en su blog. Aunque ambos escritos en el fondo hacen esta misma crítica, el tono y la forma son muy distintas (cabe destacar que el último escribe criticando al primero).

Esta situación nos hace tomar más en serio la gran disociación que muchos, tanto dentro como fuera de la Iglesia, están haciendo entre la Iglesia visible y la Iglesia espiritual. Sabemos que son una misma realidad, pero pareciera que para el creyente común y corriente ya no lo es tanto. Es cada vez más común escuchar entre cristianos decir que ellos creen en Dios, pero no en la Iglesia. Pareciera ser que se está suscitando la antigua búsqueda de la Edad Media tardía por la vera ecclesia.

Ahora bien, sabemos que la función fundamental del pastor es mantener la unidad del rebaño. El sistema jerárquico que hasta ahora tenemos ha servido por siglos para cumplir con esta tarea. Esta forma de organizarnos nació a partir de un contexto socio-histórico determinado, con una cosmología que lo respaldaba. Pero en el mundo de hoy esa cosmología ha cambiado, el contexto también es muy diferente. Si la Iglesia desea cumplir con su misión de ser “sacramento” de unidad, necesita tomar en cuenta los nuevos valores de la organización social. Es patente que a nivel político y gubernamental la transparencia es un valor clave que se hace efectivo mediante leyes que obligan a rendir cuentas de todo. Otro ejemplo, en las empresas hoy es común y recomendable la auditoria externa. Es esta falta de transparencia la que se le crítica a la Iglesia. Otros valores indispensables de nuestra sociedad, por ejemplo, son el de participación activa de la comunidad en la toma de decisiones, la inclusión y la erradicación de la discriminación, etc. Todos son valores que como Iglesia aún nos falta por lograr de modo satisfactorio. Debemos tomar en serio la historia y más precisamente el momento actual como un verdadero lugar teológico.

Este problema de la “estructura del poder” de la Iglesia, o sea un poder verticalista descendente, no es simplemente un problema del Vaticano y los obispos. Lo vemos también reflejado en nuestras parroquias y en la formación de los seminarios por nombrar algunos. Esta es la gran crítica que muchos de nuestros fieles nos hacen, muchos cristianos que ya no se sienten identificados con la Iglesia, de muchos otros que quisieran creer pero les cuesta.

Muchos, incluso el Papa en su carta a la Iglesia Irlandesa [4], hablan de renovación. ¿Pero qué es lo que se entiende por renovación? Dentro de las sugerencias del Papa estaba la adoración al Santísimo, cosa que creo muy oportuna, pero también es necesario ponernos a contemplar a ese otro Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia. ¿Qué es lo que el Espíritu le dice hoy a la Iglesia? ¿En qué consiste esta renovación? Si escuchamos estas “maldiciones”, y nos ponemos a mirar los loci theologici, tanto los proprii como los alieni, es decir tratar la historia y la sociedad como verdaderos lugares teológicos así como lo pueden ser la Escritura, la Tradición y el Magisterio, podremos realmente tomar las acciones adecuadas que son necesarias para una verdadera renovación y no sólo una limpieza a nivel “epidérmico”.

En el siglo XV un cardenal alemán propuso un reforma a la Iglesia. Como muchos otros no fue tomado en cuenta. Años más tarde los mismos descontentos que el cardenal intentó corregir llevaron a la Reforma de Lutero. El cardenal nos deja algunas palabras que, guardando las proporciones, hoy nos pueden servir también:

“Como la Iglesia de Dios es el cuerpo místico de Cristo, con mucha razón comparado con el cuerpo humano por el Apóstol, en el cual, por el espíritu dador de vida, todos los miembros están unidos para que tengan vida, al igual que todos los miembros de Cristo reciben vida en todo el cuerpo de la Iglesia por el Espíritu de Cristo, a quien todos los fieles en el mundo adhieren por la fe. La diversidad de miembros de la Iglesia, sin embargo, es unida por medio de un vínculo de amor, el pegamento de Cristo; y los diversos oficios son posicionados para la edificación del cuerpo. Y los titulares de estos oficios son miembros como cualquier otro, cada uno de ellos contento con estar donde está, eso es, mientras está presente con el Espíritu dador de vida. Ellos son ojos por los cuales los miembros individuales son visitados y adaptados para sus funciones; y esos ojos, si están limpios, iluminan todo el cuerpo, pues ellos visitan el cuerpo y los miembros individuales y no permiten que la corrupción u oscura fealdad se les adhiera al cuerpo y sus miembros. Pero, si los ojos están oscurecidos, todo el cuerpo estará oscurecido. Por tanto, en la Iglesia si los ojos que deberían ser las lámparas del cuerpo están oscuras entonces es obvio que todo el cuerpo esté a oscuras. De todos modos, es notable que el cuerpo de la Iglesia en esta época se ha caído tanto de la luz y del día al ser envuelta en sombras oscuras, especialmente porque los ojos, que deberían ser su luz, han caído en oscuridad. Como el ojo que ve la paja en el ojo ajeno pero no ve la que está en su propio ojo, entonces el ojo no se puede corregirse a si mismo, sino que debe someterse a otro que lo visitará, corregirá y limpiará para que pueda después visitar los miembros del cuerpo.” [5]

En conclusión, necesitamos que otro nos ayude a corregirnos. A continuación, el último párrafo de un artículo de la revista norteamericana “The New Yorker”:

“No es 'anti-católico' plantear como hipótesis que estas cosas [sobre las estructuras de poder de la jerarquía eclesial] tienen algo que ver con la extraordinaria dificultad de la Iglesia en enfrentar los abusos sexuales del clero. Las iniquidades que ahora molestan a la Iglesia Católica son más perturbadoras que las que escandalizaron a Martín Lutero. Pero la sociedad más amplia en que la Iglesia se encuentra implantada ha crecido incomparablemente más libre. En la medida que la Iglesia logre purgarse de su vergüenza – sus pecados, sus crímenes – estará en deuda de gratitud con los abogados, los periodistas y sobre todo, con las víctimas y familias que han tenido el coraje de perseverar, contra formidable resistencia, en hacerla rendir cuentas. Sin sus esfuerzos el sufrimiento de miles de niños estarían aún en secreto. Nuestro mundo moderno, que es a grandes rasgos democrático, secular, liberal y pluralista, contra el cual la Iglesia tantas veces se ha enfrentado resulta ser el mejor maestro – y salvador, se podría decir, de sus más vulnerables y confiados fieles.” [6]

Mi pretensión no es decir lo que ahora se debe hacer, simplemente apelo a que como Iglesia, y como pastores, necesitamos cambiar nuestra mentalidad y tomar más en serio lo que otros nos puedan estar diciendo. En la raíz de todo esto hay también una crítica de método a nuestra forma mentis, o sea nuestras estructuras mentales, como Iglesia. Se podría decir que es una crítica epistemológica, no podemos pretender ser poseedores absolutos de la verdad. Sabemos que la Verdad es Cristo y que ese es el gran tesoro de la Iglesia. Necesitamos sacar de nuestro “tesoro cosas nuevas y cosas viejas”[7]. Tampoco podemos pretender tener el monopolio de la verdad. Para ser fieles a la Verdad y al mismo tiempo estar en sintonía con nuestro mundo necesitamos “relativizar” para llegar a lo Absoluto. Necesitamos transformarnos mediante la renovación de nuestras mentes[8].


Para ir terminando, si tanto nos critican es porque esperan más de nosotros. A ninguna otra institución le han criticado tanto sobre este mismo asunto. Hay algo que el mundo desea ver en la Iglesia y quizás nosotros no estamos dejando que lo vean. Y por último, se lo debemos al sufrimiento de tantos inocentes el hecho de que tomemos las críticas en serio. Así podremos redescubrir que Dios por medio del sufrimiento del inocente puede dar nueva vida al Cuerpo de Cristo.

"Servid al Señor con alegría"

Homlía del 4º Domingo de Pascua
18 de abril, 2010

En este domingo del Buen Pastor propongo mirar de una forma especial, no tanto al pastor, sino al rebaño. Normalmente en este día se reflexiona sobre las vocaciones a la vida consagrada en especial la vocación a la vida sacerdotal. Debido a las cuestiones que afectan a la Iglesia a nivel mundial, respecto a algunos sacerdotes y a la ineficiencia de la jerarquía al tratar con estos casos, podríamos dedicarnos a defender la dignidad y origen divino del sacerdocio. Pero creo que las lecturas y la misma contingencia actual nos invitan a mirar hoy al rebaño. El pastor existe sólo en función del rebaño, sin rebaño no hay pastor. Por esto, en este domingo del Buen Pastor, miremos al rebaño, a la Iglesia, que sin lugar a duda está herida y necesita redescubrir su esencia, su identidad, después de tanto revuelo.

Los escándolos, ciertos o falsos, siempre han existido en la Iglesia. La primera lectura nos recuerda como en Antioquía se armó contra Pablo y Bernabé una conspiración para sacarlos de la ciudad. Pero lo importante de todo es que la Iglesia es de Cristo y al fin el Espíritu Santo saca adelante al Pueblo de Dios.

El evangelio nos muestra en breves palabras lo que es el rebaño, la Iglesia. Conviene leer este pasaje de abajo hacia arriba:

Al final del Evangelio Jesús dice “El Padre y Yo somo uno solo”: con estas palabras nos hace pensar en el misterio de la Santísima Trinidad. Jesucristo, el Hijo de Dios, que es uno solo con el Padre es también Dios. También dice que el Padre es “superior a todos” o sea que si Jesús es uno con el Padre también por su divinidad es superior a todos. Ahora bien, dice que “nadie puede arrebatar nada de las manos del Padre” y anteriormente dice que nadie puede arrebatar de sus manos las ovejas que el mismo Padre le ha dado, de manera que todo lo que tiene Jesús en sus manos también está en las manos del Padre y nadie y nada las puede sacar de ahí. La Iglesia es este rebaño de ovejas que están en las manos Dios. Y nada y nadie puede hacer que Dios deje de amar a su Iglesia y de serle fiel. Ni siquiera nosotros mismos con nuestras infidelidades y pecados podemos lograr esto. Dios no puede dejar de amar a su Iglesia. El fundamento de la Iglesia está en como así como Cristo es uno solo con el Padre también nosotros al unirnos con Cristo somos uno con Dios. El Espíritu Santo no se menciona aquí pero es de común acuerdo entre los santos y grandes maestros de la vida espiritual que éste se encuentra implícito y es el amor que une al Padre con el Hijo, de manera que hace que aunque son Personas diferentes sean uno solo. De modo parecido por el Espíritu Santo somos uno con Cristo y también uno entre todos nosotros. Aunque somos todos distintos formamos un solo Cuerpo, que es la Iglesia, animada por un solo Espíritu. ¡Esto es la Iglesia! Esta es su verdadera identidad, arriagada en la unidad trascendental con Dios mismo y entre nosotros por medio de los vínculos del amor y la fe. Al ser uno con Dios, como Iglesia llegamos a ser su extensión, su alter-ego, su otro yo, su perfume y su fragancia...

Pero sabemos que este Iglesia necesita renovarse, quizás incluso reformarse, para estar a la llevar a cabo esta misión que recibe por su misma escencia. Esta renovación no ocurrirá desde arriba hacia abajo, o sea por medio del Papa, los obispos o los sacerdotes. Sino que tendrá que ser desde abajo hacia arriba, de las mismas raíces. Así tendrá que ser por la misma forma en que Dios hace las cosas. En la lectura del Apocalipsis se nos muestra a Jesús que siendo Dios se hizo "Cordero", o sea parte del rebaño, para luego convertirse en el Pastor.

Por esta unidad en Cristo estamos TODOS involucrados en esta renovación. Quizás alguno dirá que no se siente capacitado, que está muy viejo o que es demasiado joven. Otros dirán que ya hacen demasiado y que no le pidan más. Alglunos dirán que se contentan con ir a misa, que con eso les basta.... En fin, sea cual sea nuestra situación estamos llamados a "servir al Señor con alegría". Este era una de las primeras líneas del salmo de hoy, también fue el lema sacerdotal de un compañero quien falleció de cáncer a un mes de haber sido ordenado. Francisco tenía 30 años de edad al fallecer, era un joven humilde de un pueblito cerca de Illapel. Su cáncer fue detectado y se desarrolló rápidamente antes de ser ordenado sacerdote. Varios se preguntaban si valía la pena ordenarlo ya que en la práctica no tenía ningún sentido porque no podía ejercer su ministerio ni prestar alguna utilidad. Por fin fue ordenado sacerdote, alcanzó celebrar una misa en la capilla del hospital donde estaba internado y a los días después falleció. En el seminario publicamos su historia por medio de nuestra página web y sin saberlo, y aunque “Panchito” nunca viajó lejos, su historia recorrió el mundo. Recibimos cientos de mensajes de todas partes del mundo en respuesta a su historia. Él fue fiel a su lema, “servid al Señor con alegría”, y sin imaginárselo desde su supuesta inutilidad hizo mucho con su testimonio. Recordando a este gran amigo, sé que el Señor nos invita a creer en esa fuerza y potencia divina que está escondida en cada uno de nosotros por medio del Espíritu Santo. Cada uno de nosotros, como miembros de la Iglesia, el Cuerpo de Cristo, llevamos esta misión de “servir al Señor con alegría” y en la medida que somos fieles a Él, estamos siendo fieles también a su Iglesia, que somos todos los que estamos unidos por medio de los vínculos del amor y fe. Es ser fiel también a todos aquellos que nos han precedido, nuestros antepasados que nos entregaron la fe, de todos los que antes que nosotros se han sacrificado y dado su vida por la fe. Es ser también fiel a los que han de venir, las próximas generaciones que dependerán de nosotros para recibir el mensaje de salvación y para ser congregados como un mismo rebaño bajo el único y gran Pastor, nuestro Señor Jesucristo.

sábado, abril 17, 2010

"Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres"

Algunas nociones para enfrentar la crisis de la Iglesia

Homilía Tercer Domingo de Pascua, Año C (18 de abril, 2010)

Hace tres años atrás celebré mi primera misa en un Tercer Domingo de Pascua como éste. Hoy, nuevamente, toca leer las mismas lecturas que en aquel entonces pero van adquiriendo un nuevo significado con el pasar del tiempo. Quizás, después de tres años, ya no está la misma ilusión o la misma inocencia de aquel entonces. Pero la Palabra de Dios no deja de ser fuente de nuevos impulsos y exigencias.

Creo que es un sentir generalizado, tanto dentro como fuera de la Iglesia, que ésta necesita reformarse. Este sentir ha vuelto a surgir y lo escucho de parte de católicos practicantes, de algunos que ya no lo son tanto y de otros que les gustaría pero les cuesta creer, al menos les cuesta creer en la Iglesia. Se dice muy a menudo: “Creo en Dios, pero no creo en la Iglesia”. Esta actitud se viene reforzando sobretodo después de tanto escándalo causado por sacerdotes como también por las malas políticas de la jerarquía en querer ocultar estas cosas. Decir que uno “cree en Dios pero no en la Iglesia” es hoy en día totalmente razonable, no se discute con quien puede emitir este juicio, porque en el fondo se está aplicando un criterio que viene de la misma Escritura que aparece en la primera lectura de hoy tomada de los Hechos de los Apóstoles: “Hay que obedecer a Dios antes que los hombres” (Hch 5,29).

Cuando vemos que la Iglesia no está siguiendo los criterios de Dios sino de los hombres podemos fácilmente disociar a la Iglesia y a Dios. ¿Quién dice que necesariamente la Iglesia representa a Dios, que actúa “en nombre de Jesús”? Y por lo tanto, ¿porqué hemos de seguir a la Iglesia, sobretodo cuando pareciera estar lejos del criterio de Dios? Pero bien, antes de esto, debemos preguntarnos ¿qué es el criterio de Dios? Porque si juzgamos a la Iglesia por llevarse por criterios puramente humanos, ¿quién nos dice que nuestro juicio contra ella no sea también un criterio humano? También debemos preguntarnos ¿qué es la Iglesia, y cuál es la Iglesia que Jesús quiso fundar?

Las lecturas de hoy nos ayudan a reflexionar, aunque el tema en sí escapa mucho más allá de lo que se pueda decir en estas breves palabras que compartiré a continuación. La semana pasada nos centramos en la figura del Apóstol Tomás, hoy nos toca mirar a Pedro (invito a leer la homilía de la semana pasada con un tema parecido al que hoy tocamos). En la primera lectura leemos que “Pedro, junto con los apóstoles” respondieron ante el Sanedrín (Hch 5,29). Como sabemos, la figura de Pedro en los evangelios se destaca como vocero de los apóstoles, simboliza de alguna forma la función de los pastores de la Iglesia que se destaca nuevamente en el Evangelio de hoy: “apacienta mis ovejas” (Jn 21,17). Si nos fijamos, la figura de Pedro es una figura de comunión: comunión de los apóstoles entre sí y el rebaño con sus pastores. Ahora bien, la función del pastoreo se basa en el amor hacia la persona de Jesús: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas?” (Jn 21,16). Y por ese mismo amor es en el “Nombre de Jesús” en quien deben los pastores predicar, no importando las consecuencias (Hch 5,28.40.41). Es interesante notar un pequeño detalle que nos da hoy el Evangelio según San Juan. No fue Pedro quien primeramente reconoció al Señor, fue el discípulo a quien Jesús amaba (reconocido tradicionalmente como Juan), y éste se lo dijo a Pedro (Jn 21,7).

Creo que es sentir de muchos de nosotros que la Iglesia debe pasar por un proceso de reforma, pero esta reforma debe hacerse siempre en espíritu de comunión. Tenía mucha razón Lutero al emprender la gran Reforma, pero rompió con la unidad. Y por mucha razón que tuviese fue en contra de ese particular fruto del Espíritu Santo. ¿Qué es lo que el Espíritu le dice a la Iglesia ahora? Es verdad que muchos nos sentimos decepcionados por la jerarquía eclesiástica (de la cual también sé que soy parte). Pero no por eso debemos romper con la unidad querida por Jesús para su Iglesia. Debemos tomar la actitud del discípulo amado e indicarle a “Pedro” donde está el Señor. O sea, que la Iglesia necesita que desde sus raíces se le pueda decir a los pastores lo que el Señor está manifestando y a veces no es tan claro para ellos. La actitud de quedarse callados, o quedarse indiferente, o de simplemente apartarse sería caer en la misma crítica que hacemos a la Iglesia. “Hay que obedecer a Dios antes que los hombres” significa también que todo miembro de la Iglesia debe hablar en nombre de Jesús, a veces incluso en contra de los dirigentes religiosos de la época; y significa que si nos corremos, nos desanimamos, nos quedamos callados, sería lo mismo que dejarse llevar por criterios puramente humanos. La Iglesia es, en palabras de Pedro, “nosotros y el Espíritu Santo que Dios ha enviado a los que le obedecen” (Hch 5,32). De manera que podemos reflexionar y decir que cuando decimos “creer en Dios pero no en la Iglesia”, caemos en una gran contradicción, porque la Iglesia es a quienes Dios le ha dado su Espíritu, de manera que no puedes creer en el Dios de Jesucristo sin creer en su Iglesia, porque esa Iglesia eres tú. De tal forma que no creer en la Iglesia es no creer en Dios y no creer en tí mismo.

A tres años de mi ordenación sacerdotal mi fidelidad a la Iglesia sigue igual, aunque debo admitir que mi concepto de Iglesia ha progresado, y estoy reconociendo que por el mismo amor a Jesús debemos hacer todo lo posible por revivir su Iglesia desde la misma Iglesia, o sea desde cada uno de nosotros.

lunes, abril 12, 2010

“Ver para Creer”


Homilía Segundo Domingo de Pascua - Año C

11 de abril, 2010

“Ver para Creer”

Algunas claves para enfrentar la contingencia actual de la Iglesia.

El Apóstol Tomás es siempre recordado por su famosa actitud: “ver para creer”. El tema del “ver” es algo que se repite mucho en este tiempo pascual: las mujeres fueron al sepulcro y vieron a los ángeles; Pedro y Juan vieron la tumba vacía; los discípulos vieron a Jesús resucitado; Jesús les mostró sus llagas, etc. Es normal que Tomás, al igual que muchos de nosotros, nos gustaría ver para creer. Ahora bien, cuando hablamos en nuestro lenguaje cotidiano, la acción de ver no se limita a percibir por los ojos los objetos mediante la acción de la luz. A veces decimos, “voy a ver a un amigo”, que es más que simplemente captarlo mediante el sentido de la visión, sino saber cómo está, conversar, compartir un poco, etc.; o cuando enojados decimos, “te la vas a ver conmigo”; o cuando teníamos razón sobre algo exclamamos, “¡Viste, te dije!”… En fin, el ver también significa entender, comprender, encontrar, etc., corresponde a algo de nuestro intelecto. Cuando Tomás dice “ver para creer” también quiere entender. ¿Cómo fue posible que aquel en quien habían puesto sus esperanzas muriera? ¿Y cómo es posible que ahora anden diciendo que está vivo? En el ver del intelecto hay también algo de un salto de fe. Y Tomás hizo ese salto de fe. La fe es creer en aquello que no vemos. Pero Jesús dijo que porque Tomás vio, creyó. ¿Cómo puede creer si es que vio? No es fe la que contempla aquello en lo cual cree. Pero sin embargo, aunque Tomás vio y tocó al hombre Jesús, confesó al Dios que ni vio ni tocó: “Señor mío y Dios mío”. Con estas palabras del apóstol, que nosotros tenemos la costumbre de repetir en la misa cuando el sacerdote levanta la hostia y el cáliz en la consagración, está la confesión de fe en que reconocemos a Cristo como mucho más que un gran hombre, un profeta, un elegido, un muerto caminando… Él es Dios mismo, como se decía en la segunda lectura de este domingo, “el primero y el último”. Él es el mismo Creador en el cual todo fue hecho y todo subsiste, es Dios mismo que se hizo hombre. En la misa no vemos ni tocamos como Tomás lo hizo, pero hacemos el mismo acto de fe, reconocemos ahí a nuestro Señor y a nuestro Dios.

Ahora bien, dice el evangelista Juan también en la lectura de hoy que “Jesús hizo además mucho otros signos en presencia de sus discípulos” y en otra parte, más adelante, dice que si se escribieran todas las cosas que hizo Jesús no cabrían en todo el mundo los libros. Creo que esto se refiere a que Jesús sigue actuando hasta el día de hoy y lo hace a través de su Iglesia. Así como le dijo a los discípulos en el Evangelio de hoy, nos dice también como Iglesia: “Como el Padre me envió a mí, así también los envió a ustedes… reciban el Espíritu Santo…” Así también como los apóstoles en la primera lectura sacada de los Hechos también hoy la Iglesia hace signos en nombre de Jesús. La Iglesia es el cuerpo místico de Cristo como lo afirma San Pablo. Somos la presencia de Jesús, su extensión, su alter-ego, su clon, su perfume y fragancia… a través de nosotros Jesús quiere seguir obrando milagros, curando enfermos, consolando, perdonando, dando vida y esperanza…

Dios nos pide hacer un acto de fe y creer en su Iglesia. Pero, y siempre hay un pero, nos preguntamos hoy, sobre todo después de la reaparición de nuevos escándalos de parte de sacerdotes y la acción ineficiente de la jerarquía al no saber exactamente como tratar con estos casos: ¿Cómo es posible creer en una Iglesia llena pecado y de hipocresía, sobre todo cuando se encuentra en sus propios ministros? Nos gustaría ver algo distinto, nos gustaría ver la santidad de Dios transparentada en la Iglesia, pero no la vemos… Nos gustaría ver para creer… En lo personal no tengo respuestas, lo único que creo es que hoy Dios nos pide hacer un salto de fe y reconocer en esta Iglesia, su Iglesia, y también nuestra Iglesia. La Iglesia no es el Papa ni los curas, todos los bautizados somos la Iglesia. Ellos están al servicio de la Iglesia, pero no son la Iglesia. Cada uno de nosotros es la Iglesia, y es en nosotros que Jesús quiere seguir obrando en el mundo. A través de cada uno de nosotros, desde el más pequeño hasta el más anciano, desde el más rico hasta el más pobre, desde el más santo hasta el más pecador, Dios quiere valerse de su Iglesia para que su palabra llegue a todas partes, para que la fe en Él se propague de generación en generación, para que su paz y consuelo llegue a todos los que la necesitan, que la fe encienda en los corazones más fríos el amor de Dios, para que la ilumine las inteligencias, para que la fe siga dando sentido y propósito a tantos… Depende en gran parte de cada cristiano, con la ayuda de la gracia de Dios, que la Iglesia siga cumpliendo la misión que Jesús le encomendó.

Volviendo a Tomás, ¿saben dónde terminó su historia? En lo personal lo ignoraba, hasta el año pasado cuando estaba en Medio Oriente. Allí me encontré con una gran comunidad de católicos provenientes de la India y me contaron de la leyenda de cómo el apóstol Tomás llegó hasta sus tierras. Dicen que llegó primeramente al sur de la India, a una región llamada Kerala. Aunque nunca he estado ahí, dicen que es una tierra casi mágica, con paisajes extraordinarios, animales exóticos, flora bellísima y una gente lindísima en su cultura, tradiciones y mística… Tomás fundó varias comunidades en esos lugares que hasta el día de hoy existen a través de diversos ritos cristianos. La verdad es que muchos cristianos de occidente no saben esto. Sirve como un botón de muestra de que Dios obra invisiblemente a los ojos del mundo en su Iglesia. Y así, sé que también hoy Dios no sigue de actuar en la Iglesia hoy, y lo hace a través de gente común y corriente como tú y yo, que también tenemos nuestras dudas y flaquezas como Tomás, pero que como él, también queremos dar nuestra vida por nuestro Señor y nuestro Dios.

miércoles, enero 14, 2009

"¿Qué buscan?" - 2 º Domingo del Tiempo Ordinario

Voy a retomar esto del blog, ha sido casi un año del último posteo. Vamos a ver como resulta este ejercicio de escribir un breve comentario al Evangelio de cada domingo.

Domingo 18 de enero, 2009
Domingo II del Tiempo Ordinario, Año B

Evangelio según San Juan 1, 35-42


Este texto del Evangelio es súper importante hoy en día para la Iglesia en Chile ya que, inspirados por el Documento de Aparecida, hemos tomado este texto como modelo y guía para nuestras orientaciones pastorales para los próximos años. Se trata del encuentro con Jesús y de su impacto en aquellos que se han atrevido acercarse a Él.

El texto nos recuerda la experiencia de los primeros discípulos, ellos siguen a Jesús incentivados por Juan Bautista. Al darse cuenta Jesús que lo siguen, se da vuelta, los mira y les pregunta: "¿Qué buscan?". Los discípulos responden: "Maestro, ¿dónde vives?".

La pregunta de Jesús hacia los discípulos es la pregunta esencial, fundamental de todo hombre. Hoy también se nos pregunta: ¿Qué buscas? Y nosotros mismos nos podemos preguntar: ¿Qué es lo que busco en mi vida; qué es lo que busco en Dios, en Jesús, en la Iglesia?

En la parroquia me doy cuenta que muchas veces las personas vienen a buscar soluciones. Quieren saber el "cómo" hacer las cosas en sus vidas. Quieren saber cómo educar sus hijos, cómo vivir en pareja, cómo aceptar la muerte de un ser querido, cómo enfrentar sus miedos, cómo tener más paciencia, cómo deben actuar frente a tal o cual situación... Pero se han olvidado hacerse otra pregunta anterior que es mucho más importante. Se trata de preguntarse por el "porqué". Ya lo decía Nietzsche, y la idea se reafirmaba en el famoso libro "El Hombre en Busca de Sentido" de Víctor Frankl: "El que encuentra un porqué, casi siempre encontrará el cómo". El teólogo suizo, Hans Urs von Balthasar también comentaba algo de lo mismo en una conferencia en la década de los '70 titulada "¿Por qué aún soy cristiano?".

Preguntarse por el porqué es mucho más esencial que cualquier otra pregunta y es la pregunta que nos hemos dejado de hacer en muchos ámbitos, desde lo más universal y social hasta las cosas más íntimas y personales. Como siempre, los niños nos llevan la delantera al Reino de los Cielos. Una sobrina que casi cumple sus tres años de edad está en la etapa de los porqué. No se cansa de preguntar ¿por qué esto y por qué aquello? Ya más viejos no nos hacemos tantas veces esas preguntas. ¿Será porque nos aburrimos; o porque tememos aburrir a otros; será porque nos cansamos de buscar respuestas; será porque dudamos de que existan; será porque pensamos que tenemos todo solucionado?

Por muchos años como Iglesia nos hemos estado preguntando por el cómo ser cristianos en el mundo de hoy y hemos dejado de lado la pregunta más fundamental del por qué lo soy en primer lugar. Ser cristiano sólo tiene sentido gracias a que Alguien una vez dijo "Yo soy el camino, la verdad y la vida". Sólo porque ese Alguien, Jesucristo, realmente puede pretender decir de sí mismo que es el camino, la verdad y la vida es que el cristianismo tiene sentido. El ser cristiano se trata de una relación con una Persona, con Jesucristo. Como dijo el Papa en su primera encíclica Deus caritas est: "No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona...". Esto es lo que los obispos en Aparecida trataron de rescatar al poner sobre todo el encuentro con Cristo. El habernos quedado solo con preguntarnos por el cómo ser cristianos nos llevó a ser demasiado "activistas", dejando de lado el verdadero motor que impulsa todo el quehacer de la Iglesia. Aún hoy sufrimos esas consecuencias y por eso necesitamos renovarnos, volviendo a la raíz de todo, preguntándonos porqué somos cristianos, y reencontrándonos con la persona de Cristo, el único que da sentido a todo lo demás.

Cuando Jesús les preguntó a los primeros discípulos qué buscanban, estos respondieron: ¿Maestro, dónde vives? No le dijieron que buscan sabiduría, ni vida eterna, ni un manual para saber cómo desenvolverse en la vida, ni tampoco la solución a sus problemas, ni paz, ni bienestar, ni un sentido o un propósito para sus vidas. Querían saber simplemente dónde vivía Jesús. Porque sabían que encontrándose personalmente con Él, viviendo con Él, teníendolo a Él, tendrían todo lo demás y mucho más de lo que se podrían imaginar.

viernes, febrero 08, 2008

La Tentación Existe

Acerca de las tentaciones de Jesús en el Desierto (Mt 4,1-11)
Apuntes para la homilía (Domingo I de Cuaresma – Año A)

“El mal no existe.” “El pecado no existe.” Afirmaciones como estas las escucho constantemente en labios de personas de diferentes grupos socioculturales, tanto de jóvenes como adultos.

El episodio de Jesús en el desierto y las tentaciones que sufrió nos ayudan a recordar lo que tantas veces ya hemos escuchado pero olvidamos a menudo: que el mejor engaño que nos puede hacer el diablo, es hacernos creer que él no existe.

Cuanto se alegraron los necios cuando escucharon al Papa Juan Pablo II decir que el infierno no existía (1). Pero claramente sacándolo de su contexto. Y ahora algunos se han escandalizado por las palabras de Benedicto XVI cuando dijo recientemente que el infierno sí existe (2). El Salmo 14 lee: “Dice el necio para sí: ‘no hay Dios’”. Hoy el necio dice: quizás hay un dios, pero por cierto no hay diablo.

Como les decía, he escuchado (y sólo escuchado porque no he sabido en el momento enfrentar tanta necedad) algunos decir que no hay pecado, lo que existe son experiencias, quizás errores, pero de ninguna manera existe el pecado, o la maldad… Y por lo tanto no existen tampoco tentaciones, lo que hay son quizás decisiones, oportunidades, etc., pero no tentaciones… Se defienden diciendo que toda experiencia es una ocasión para crecer, el crecimiento es siempre bueno y por tanto, toda experiencia es siempre positiva y no se le puede poner una carga moral.

Vayamos mejor a nuestro texto. Dice que: “Entonces Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo” (Mt 4,1). Es extraño pensar que el Espíritu llevó a Jesús para ser tentado. ¿Cómo es posible que Dios ocasione la tentación? ¿Qué tipo de Dios es éste? Es interesante destacar que en la Biblia el concepto de tentación puede significar tanto seducir como también poner a prueba. Que quiere decir esto, que Dios permite la tentación, incluso quizás a veces la provoca, no para ponernos a prueba para ver hasta donde aguantamos sino en el sentido de que nosotros descubramos quienes somos realmente y descubrir no tanto nuestras habilidades sino nuestra disposición interna. Y recordemos que Dios no permitirá que seamos tentados por encima de nuestras fuerzas (cf. 1 Cor 10,13). Pero al mismo tiempo, en el momento de la tentación, el diablo se aprovecha para seducir al pecado, es decir, renegar de Dios.

“Después de haber ayunado cuarenta días y cuarenta noches, sintió hambre” (Mt 4,2). Es justamente aquí, cuando sintió hambre Jesús que el diablo se acercó para tentarlo: “Y acercándose el tentador, le dijo: Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan” (Mt 4,3). He aquí la astucia de Satanás. Cuestiona a Jesús partiendo del supuesto amor que el Padre Dios le tiene: “si eres Hijo de Dios…”

En nuestra vida también el diablo comienza desde esta primicia: si Dios existe, si Dios es amor, si realmente ama a la humanidad, si te ama a ti, ¿por qué permite este dolor, tanto dolor? Y lo hace sobre todo cuando estamos “volando bajo” como decimos aquí en Chile, o sea cuando somos más propensos al dolor, y no sólo el propio, sobre todo el del prójimo. Verás, que el diablo cuando tentó a Jesús no le estaba sugiriendo que sólo saciara su propia hambre, le estaba insinuando otra forma de ser Mesías, de ser el Salvador. La tentación de Jesús en ese momento no era sólo del hambre del desierto, era sobre todo acerca de su identidad como el Mesías, el Hijo de Dios vivo y de cómo iba a salvar a la humanidad. Jesús se había hecho solidario con el sufrimiento humano, lo conocía afondo. Para ser el Salvador sería más fácil convertir las “piedras” de la vida humana en “panes” para saciar nuestra “hambre”. Y así también nosotros lo sentimos muchas veces, nuevamente nos preguntamos: ¿por qué Dios permite tanto dolor? Y sufrimos más por el dolor ajeno, de las personas que amamos. ¡Cuánto desearíamos saciar su hambre! Porque al mismo tiempo estaríamos saciando la nuestra.

Pero el Señor responde: “no sólo de pan vive el hombre…” (Mt 4,4b) En esto el Señor nos invita a algo más. Con esto nos indica lo elevado de la dignidad del hombre, nos muestra la grandeza del espíritu humano. “…sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mt 4,4c).

Uno de los personajes de la novela “Los Hermanos Karamázov” de Dostoievski hace una interesante interpretación de este pasaje de la Biblia (3). Y aunque el discurso del personaje está sumergido en cierta ironía no deja de sorprender la lucidez del trasfondo de su discurso. En las tentaciones Jesús ganó para nosotros nuestra libertad. Al no caer en la tentación de saciar el hambre de la humanidad con pan, sino con toda palabra que sale de la boca de Dios, ha reafirmado que el ser humano está llamado libremente a una vocación sobrenatural. “Para ser libres nos ha liberado Cristo” (Ga 5,1).

Pero en la novela también se destaca que el ser humano a veces desearía nunca haber tenido esta libertad. Por una parte, nos gusta sentir que somos libres. Pero por otra, nuestros pecados y tentaciones, producto de nuestra libertad, nos avergüenzan. La solución al problema es simple: negar que la culpa existe. De esto se ha preocupado de modo excelente la psicología y el psicoanálisis. Ni para que mencionar como esta tendencia se ha propagado por los medios de comunicación, el pensamiento intelectual, la vida diaria de la gente común y corriente, e incluso en nuestras iglesias. Se dice que eso de la culpa y el pecado es algo que los curas inventaron para mantener a la gente bajo su dominio. Es algo del pasado, ya está superado…

Es verdad que el Señor nos quiere liberar de todas nuestras culpas y pecado. Y es verdad que no podemos vivir sanamente siempre subyugados por el sentimiento de culpa. Pero una buena dosis de culpa a veces puede hacer mucho bien. En primer lugar, ante la tentación, nos puede ayudar a medir las consecuencias. También nos puede llevar a la verdadera redención. En el libro “The Kite Runner” de Khaled Hosseni, una novela que ha tenido mucho éxito a nivel mundial, uno de los personajes afirma que “la verdadera redención… es cuando la culpa conduce al bien”(4). O sea, la culpa, aceptada humildemente, nos puede ayudar a llegar a hacer mucho bien. Es ese reconocimiento de la culpa, del pecado, que nos pueden ayudar a reparar el daño hecho.

El diablo es astuto. Siempre va a querer engañarnos utilizando la verdad y explotando los buenos deseos y sentimientos que tenemos. Y nos engaña precisamente al convencernos que sus tentaciones no son pecado, todo lo contrario, son el bien. En mis conversaciones con los internos de la cárcel de Valparaíso se escucha mucho esto. Siempre hay una justificación para el crimen, la maldad, el engaño. El otro día escuchaba una entrevista a un ex-extremista musulmán que decía que muchos amigos suyos y también personas que admiraba terminaron siendo bombas suicidas (5). Decía que era gente buena, desprendidos de sí mismos, y que era esa misma cualidad la que fue explotada para el mal. Pero quizás no es necesario dar ejemplos tan extremos. En la vida diaria, nos enfrentamos constantemente a este dilema.

Es verdad que muchas veces sentimos hambre. Y es verdad que sobre esta hambre seremos tentados. Pero recordemos que Jesús también dijo: “Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados” (Mt 5,6). Busquemos que el Señor, y no el tentador, sacie nuestra hambre teniendo presente que Él mismo dijo “Yo soy el pan vivo, bajado del cielo” (Jn 6,51).

¿Significa esto desentendernos de las preocupaciones de este mundo y de las necesidades de nuestros hermanos? ¡De ninguna manera! Respecto al mismo texto de las tentaciones, el Papa Benedicto XVI hace una hermosa reflexión (6). El Papa recuerda como en una ocasión Jesús dio de comer a la multitud. El Papa se pregunta: “¿Por qué se hace en ese momento lo que antes se había rechazado como tentación?” Era porque se había mantenido el justo orden de las cosas: “busquen primero el reino de Dios y su justicia, y todas esas cosas se les darán por añadidura” (Mt 6,33). El Papa luego cita a un jesuita alemán, Alfred Delp, que fue ejecutado durante la Segunda Guerra Mundial: “El pan es importante, la libertad es más importante, pero lo más importante de todo es la fidelidad constante y la adoración jamás traicionada” (7). Nos dice también el Papa en su libro que “cuando no se respeta esta jerarquía de los bienes, sino que se invierte, ya no hay justicia, ya no hay preocupación por el hombre que sufre, sino que se crea desajuste y destrucción también en el ámbito de los bienes materiales. Cuando a Dios se le da una importancia secundaria, que se puede dejar de lado temporal o permanentemente en nombre de asuntos más importantes, entonces fracasan precisamente estas cosas presuntamente más importantes” (8).


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(1) cf. Juan Pablo II, Audiencia General, 28 de julio de 1999

(2) cf. Benedicto XVI, Encuentro con los Párrocos de Roma, 7 de febrero, 2008. Es interesante hacer un google sobre el tema y ver como los medios lo han tergiversado.

(3) cf. Fiódor M. Dostoievski, Los Hermanos Karamázov, II parte, cap. 5 “El Gran Inquisidor”, Editorial Debate S.A., Madrid, 2000, pp. 362-387

(4) cf. Khaled Hosseini, The Kite Runner, Riverhead Books, 2003, p. 302

(5) Entrevista a Ed Husein en programa radial Speaking of Faith de American Public Media. http://speakingoffaith.publicradio.org/programs/britishradical/index.shtml

(6) cf. Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, Editorial Planeta, Santiago, 2007, pp. 56-58

(7) idem. p. 57

(8) idem. pp.57-58