Algunas nociones para enfrentar la crisis de la IglesiaHomilía Tercer Domingo de Pascua, Año C (18 de abril, 2010)
Hace tres años atrás celebré mi primera misa en un Tercer Domingo de Pascua como éste. Hoy, nuevamente, toca leer las mismas lecturas que en aquel entonces pero van adquiriendo un nuevo significado con el pasar del tiempo. Quizás, después de tres años, ya no está la misma ilusión o la misma inocencia de aquel entonces. Pero la Palabra de Dios no deja de ser fuente de nuevos impulsos y exigencias.
Creo que es un sentir generalizado, tanto dentro como fuera de la Iglesia, que ésta necesita reformarse. Este sentir ha vuelto a surgir y lo escucho de parte de católicos practicantes, de algunos que ya no lo son tanto y de otros que les gustaría pero les cuesta creer, al menos les cuesta creer en la Iglesia. Se dice muy a menudo: “Creo en Dios, pero no creo en la Iglesia”. Esta actitud se viene reforzando sobretodo después de tanto escándalo causado por sacerdotes como también por las malas políticas de la jerarquía en querer ocultar estas cosas. Decir que uno “cree en Dios pero no en la Iglesia” es hoy en día totalmente razonable, no se discute con quien puede emitir este juicio, porque en el fondo se está aplicando un criterio que viene de la misma Escritura que aparece en la primera lectura de hoy tomada de los Hechos de los Apóstoles: “Hay que obedecer a Dios antes que los hombres” (Hch 5,29).
Cuando vemos que la Iglesia no está siguiendo los criterios de Dios sino de los hombres podemos fácilmente disociar a la Iglesia y a Dios. ¿Quién dice que necesariamente la Iglesia representa a Dios, que actúa “en nombre de Jesús”? Y por lo tanto, ¿porqué hemos de seguir a la Iglesia, sobretodo cuando pareciera estar lejos del criterio de Dios? Pero bien, antes de esto, debemos preguntarnos ¿qué es el criterio de Dios? Porque si juzgamos a la Iglesia por llevarse por criterios puramente humanos, ¿quién nos dice que nuestro juicio contra ella no sea también un criterio humano? También debemos preguntarnos ¿qué es la Iglesia, y cuál es la Iglesia que Jesús quiso fundar?
Las lecturas de hoy nos ayudan a reflexionar, aunque el tema en sí escapa mucho más allá de lo que se pueda decir en estas breves palabras que compartiré a continuación. La semana pasada nos centramos en la figura del Apóstol Tomás, hoy nos toca mirar a Pedro (invito a leer la homilía de la semana pasada con un tema parecido al que hoy tocamos). En la primera lectura leemos que “Pedro, junto con los apóstoles” respondieron ante el Sanedrín (Hch 5,29). Como sabemos, la figura de Pedro en los evangelios se destaca como vocero de los apóstoles, simboliza de alguna forma la función de los pastores de la Iglesia que se destaca nuevamente en el Evangelio de hoy: “apacienta mis ovejas” (Jn 21,17). Si nos fijamos, la figura de Pedro es una figura de comunión: comunión de los apóstoles entre sí y el rebaño con sus pastores. Ahora bien, la función del pastoreo se basa en el amor hacia la persona de Jesús: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas?” (Jn 21,16). Y por ese mismo amor es en el “Nombre de Jesús” en quien deben los pastores predicar, no importando las consecuencias (Hch 5,28.40.41). Es interesante notar un pequeño detalle que nos da hoy el Evangelio según San Juan. No fue Pedro quien primeramente reconoció al Señor, fue el discípulo a quien Jesús amaba (reconocido tradicionalmente como Juan), y éste se lo dijo a Pedro (Jn 21,7).
Creo que es sentir de muchos de nosotros que la Iglesia debe pasar por un proceso de reforma, pero esta reforma debe hacerse siempre en espíritu de comunión. Tenía mucha razón Lutero al emprender la gran Reforma, pero rompió con la unidad. Y por mucha razón que tuviese fue en contra de ese particular fruto del Espíritu Santo. ¿Qué es lo que el Espíritu le dice a la Iglesia ahora? Es verdad que muchos nos sentimos decepcionados por la jerarquía eclesiástica (de la cual también sé que soy parte). Pero no por eso debemos romper con la unidad querida por Jesús para su Iglesia. Debemos tomar la actitud del discípulo amado e indicarle a “Pedro” donde está el Señor. O sea, que la Iglesia necesita que desde sus raíces se le pueda decir a los pastores lo que el Señor está manifestando y a veces no es tan claro para ellos. La actitud de quedarse callados, o quedarse indiferente, o de simplemente apartarse sería caer en la misma crítica que hacemos a la Iglesia. “Hay que obedecer a Dios antes que los hombres” significa también que todo miembro de la Iglesia debe hablar en nombre de Jesús, a veces incluso en contra de los dirigentes religiosos de la época; y significa que si nos corremos, nos desanimamos, nos quedamos callados, sería lo mismo que dejarse llevar por criterios puramente humanos. La Iglesia es, en palabras de Pedro, “nosotros y el Espíritu Santo que Dios ha enviado a los que le obedecen” (Hch 5,32). De manera que podemos reflexionar y decir que cuando decimos “creer en Dios pero no en la Iglesia”, caemos en una gran contradicción, porque la Iglesia es a quienes Dios le ha dado su Espíritu, de manera que no puedes creer en el Dios de Jesucristo sin creer en su Iglesia, porque esa Iglesia eres tú. De tal forma que no creer en la Iglesia es no creer en Dios y no creer en tí mismo.
A tres años de mi ordenación sacerdotal mi fidelidad a la Iglesia sigue igual, aunque debo admitir que mi concepto de Iglesia ha progresado, y estoy reconociendo que por el mismo amor a Jesús debemos hacer todo lo posible por revivir su Iglesia desde la misma Iglesia, o sea desde cada uno de nosotros.
1 comentarios:
la verdad es q ay sacerdotes q son muy soberbios creen q lo q ellos disen es verda y asta se la creen no se como ay gente o saserdotes y como les llaman alos protestantes predicadores q se vean por ensima de los demas los veo como alos mateo 23 del 13 al 36
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