Homlía del 4º Domingo de Pascua18 de abril, 2010
En este domingo del Buen Pastor propongo mirar de una forma especial, no tanto al pastor, sino al rebaño. Normalmente en este día se reflexiona sobre las vocaciones a la vida consagrada en especial la vocación a la vida sacerdotal. Debido a las cuestiones que afectan a la Iglesia a nivel mundial, respecto a algunos sacerdotes y a la ineficiencia de la jerarquía al tratar con estos casos, podríamos dedicarnos a defender la dignidad y origen divino del sacerdocio. Pero creo que las lecturas y la misma contingencia actual nos invitan a mirar hoy al rebaño. El pastor existe sólo en función del rebaño, sin rebaño no hay pastor. Por esto, en este domingo del Buen Pastor, miremos al rebaño, a la Iglesia, que sin lugar a duda está herida y necesita redescubrir su esencia, su identidad, después de tanto revuelo.
Los escándolos, ciertos o falsos, siempre han existido en la Iglesia. La primera lectura nos recuerda como en Antioquía se armó contra Pablo y Bernabé una conspiración para sacarlos de la ciudad. Pero lo importante de todo es que la Iglesia es de Cristo y al fin el Espíritu Santo saca adelante al Pueblo de Dios.
El evangelio nos muestra en breves palabras lo que es el rebaño, la Iglesia. Conviene leer este pasaje de abajo hacia arriba:
Al final del Evangelio Jesús dice “El Padre y Yo somo uno solo”: con estas palabras nos hace pensar en el misterio de la Santísima Trinidad. Jesucristo, el Hijo de Dios, que es uno solo con el Padre es también Dios. También dice que el Padre es “superior a todos” o sea que si Jesús es uno con el Padre también por su divinidad es superior a todos. Ahora bien, dice que “nadie puede arrebatar nada de las manos del Padre” y anteriormente dice que nadie puede arrebatar de sus manos las ovejas que el mismo Padre le ha dado, de manera que todo lo que tiene Jesús en sus manos también está en las manos del Padre y nadie y nada las puede sacar de ahí. La Iglesia es este rebaño de ovejas que están en las manos Dios. Y nada y nadie puede hacer que Dios deje de amar a su Iglesia y de serle fiel. Ni siquiera nosotros mismos con nuestras infidelidades y pecados podemos lograr esto. Dios no puede dejar de amar a su Iglesia. El fundamento de la Iglesia está en como así como Cristo es uno solo con el Padre también nosotros al unirnos con Cristo somos uno con Dios. El Espíritu Santo no se menciona aquí pero es de común acuerdo entre los santos y grandes maestros de la vida espiritual que éste se encuentra implícito y es el amor que une al Padre con el Hijo, de manera que hace que aunque son Personas diferentes sean uno solo. De modo parecido por el Espíritu Santo somos uno con Cristo y también uno entre todos nosotros. Aunque somos todos distintos formamos un solo Cuerpo, que es la Iglesia, animada por un solo Espíritu. ¡Esto es la Iglesia! Esta es su verdadera identidad, arriagada en la unidad trascendental con Dios mismo y entre nosotros por medio de los vínculos del amor y la fe. Al ser uno con Dios, como Iglesia llegamos a ser su extensión, su alter-ego, su otro yo, su perfume y su fragancia...
Pero sabemos que este Iglesia necesita renovarse, quizás incluso reformarse, para estar a la llevar a cabo esta misión que recibe por su misma escencia. Esta renovación no ocurrirá desde arriba hacia abajo, o sea por medio del Papa, los obispos o los sacerdotes. Sino que tendrá que ser desde abajo hacia arriba, de las mismas raíces. Así tendrá que ser por la misma forma en que Dios hace las cosas. En la lectura del Apocalipsis se nos muestra a Jesús que siendo Dios se hizo "Cordero", o sea parte del rebaño, para luego convertirse en el Pastor.
Por esta unidad en Cristo estamos TODOS involucrados en esta renovación. Quizás alguno dirá que no se siente capacitado, que está muy viejo o que es demasiado joven. Otros dirán que ya hacen demasiado y que no le pidan más. Alglunos dirán que se contentan con ir a misa, que con eso les basta.... En fin, sea cual sea nuestra situación estamos llamados a "servir al Señor con alegría". Este era una de las primeras líneas del salmo de hoy, también fue el lema sacerdotal de un compañero quien falleció de cáncer a un mes de haber sido ordenado. Francisco tenía 30 años de edad al fallecer, era un joven humilde de un pueblito cerca de Illapel. Su cáncer fue detectado y se desarrolló rápidamente antes de ser ordenado sacerdote. Varios se preguntaban si valía la pena ordenarlo ya que en la práctica no tenía ningún sentido porque no podía ejercer su ministerio ni prestar alguna utilidad. Por fin fue ordenado sacerdote, alcanzó celebrar una misa en la capilla del hospital donde estaba internado y a los días después falleció. En el seminario publicamos su historia por medio de nuestra página web y sin saberlo, y aunque “Panchito” nunca viajó lejos, su historia recorrió el mundo. Recibimos cientos de mensajes de todas partes del mundo en respuesta a su historia. Él fue fiel a su lema, “servid al Señor con alegría”, y sin imaginárselo desde su supuesta inutilidad hizo mucho con su testimonio. Recordando a este gran amigo, sé que el Señor nos invita a creer en esa fuerza y potencia divina que está escondida en cada uno de nosotros por medio del Espíritu Santo. Cada uno de nosotros, como miembros de la Iglesia, el Cuerpo de Cristo, llevamos esta misión de “servir al Señor con alegría” y en la medida que somos fieles a Él, estamos siendo fieles también a su Iglesia, que somos todos los que estamos unidos por medio de los vínculos del amor y fe. Es ser fiel también a todos aquellos que nos han precedido, nuestros antepasados que nos entregaron la fe, de todos los que antes que nosotros se han sacrificado y dado su vida por la fe. Es ser también fiel a los que han de venir, las próximas generaciones que dependerán de nosotros para recibir el mensaje de salvación y para ser congregados como un mismo rebaño bajo el único y gran Pastor, nuestro Señor Jesucristo.
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