jueves, abril 29, 2010

Una aproximación teológica a las críticas hechas a la Iglesia debido a los casos de abuso de menores por parte de miembros del clero a nivel mundial.

En una ocasión el rey David fue insultado y maldecido por un hombre llamado Simei. Uno de sus acompañantes insistió en hacer callar a ese hombre pero el rey respond:

“Dejadlo que me maldiga, porque se lo ha mandado el Señor. Quizá el Señor se fije en mi humillación y me pague con bendiciones estas maldiciones de hoy.”[1]

A partir de tanta conmoción en el mundo, en la Iglesia universal, y como también recientemente en Chile debido a los escándalos de pederastría de sacerdotes y sobre la forma en que la jerarquía eclesial ha tratado el tema se han producido diversas reacciones y opiniones tanto dentro como fuera de la Iglesia. En lo personal creo que falta aún un tratamiento más explícito acerca de lo que Dios nos quiere decir con todo esto. Al igual que el rey David es necesario ver esta ola de “maldiciones”, críticas a veces justificadas o a veces exageradas, sobre la Iglesia como algo que también podría venir de parte de Dios. Creo en lo personal que tenemos que considerar seriamente las quejas que hoy se hacen a la Iglesia como algo que ha permitido la Providencia. A veces se ha dado la actitud dentro de la Iglesia, y en especial en el clero, de ver esto como un ataque de los medios de comunicación contra la Iglesia. Independiente de si eso es cierto o no, no podemos dejar de considerar esto como un signo de los tiempos y que a través de él Dios nos quiera decir algo. En lo que sigue simplemente hago un llamado a escuchar seriamente, con humildad y sin una posición defensiva las voces de malestar contra la Iglesia.

La Constitución Pastoral Gaudium et Spes nos da algunas pistas acerca de la relación Iglesia y mundo que nos pueden ayudar en primer lugar establecer una base para abrir nuestro corazón a estas voces que se están escuchando.

“La Iglesia, por disponer de una estructura social visible, señal de su unidad en Cristo, puede enriquecerse, y de hecho se enriquece también, con la evolución de la vida social, no porque le falte en la constitución que Cristo le dio elemento alguno, sino para conocer con mayor profundidad esta misma constitución, para expresarla de forma más perfecta y para adaptarla con mayor acierto a nuestros tiempos. La Iglesia reconoce agradecida que tanto en el conjunto de su comunidad como en cada uno de sus hijos recibe ayuda variada de parte de los hombres de toda clase o condición. Porque todo el que promueve la comunidad humana en el orden de la familia, de la cultura, de la vida económico-social, de la vida política, así nacional como internacional, proporciona no pequeña ayuda, según el plan divino, también a la comunidad eclesial, ya que ésta depende asimismo de las realidades externas. Más aún, la Iglesia confiesa que le han sido de mucho provecho y le pueden ser todavía de provecho la oposición y aun la persecución de sus contrarios.” [2]

Vivimos en un mundo globalizado y pertenecemos a una Iglesia que es universal. Los escándalos que se veían como algo sólo de Europa y Estados Unidos afectan a toda la Iglesia. Y lamentablemente, ahora se han hecho más patente en nuestro país. Ahora bien, si ponemos atención a las críticas, éstas se pueden dividir en dos: una contra los abusos sexuales de menores realizados por sacerdotes, y la otra contra la jerarquía eclesial al tapar estos hechos. Quisiera referirme a esta última. Si nos fijamos, es ésta la que ha producido más escándalo. El último caso que ha aparecido en los medios de comunicación en Chile es simplemente un nuevo botón de muestra de esta crítica, de cómo por más de cinco años que se estaba investigando un caso en silencio sin mayores frutos y sólo ahora cuando salió en los medios de comunicación la “voz oficial” de la Iglesia comienza a hablar. Es más, en su carta referente al tema el Cardenal Errázuriz hace hincapié en “confiar” en su criterio para enfrentar la situación, confianza que “se basa en la gracia que recibe el Obispo”. Es aquí donde reside, según mi apreciación, la raíz de la crítica que se hace a la jerarquía eclesiástica: su presunción casi absoluta de autoridad divina. Desgraciadamente los hechos nos muestran que esta “gracia” es relativa.

En una columna del diario “The New York Times” se comentó que “el Vaticano (refiriéndose a la jerarquía eclesial) lucha con las consecuencias de una mentalidad patriarcal pre-moderna: escándalo, encubrimiento y la más desatinada auto-defensa desde Watergate. Eso es lo que pasa con los viejos clubes de Toby”[3]. Este malestar de la sociedad contra las estructuras jerárquicas de la Iglesia se ve en diversos medios de comunicación, investigaciones periodísticas, novelas, películas, etc. Cabe preguntarnos ¿qué imagen de Iglesia estamos dando? Sabemos que son a veces visiones exageradas y poco objetivas, pero también sabemos que “una buena mentira siempre se basa en la verdad”. ¿Habrá algo de verdad en esta imagen que estamos proyectando? También es necesario ver algunas críticas en esta línea que nacen dentro de la misma Iglesia. Cabe mencionar las opiniones de algunos teólogos como por ejemplo la carta abierta de Hans Küng a los obispos y las propuestas de Javier Pikaza publicadas en su blog. Aunque ambos escritos en el fondo hacen esta misma crítica, el tono y la forma son muy distintas (cabe destacar que el último escribe criticando al primero).

Esta situación nos hace tomar más en serio la gran disociación que muchos, tanto dentro como fuera de la Iglesia, están haciendo entre la Iglesia visible y la Iglesia espiritual. Sabemos que son una misma realidad, pero pareciera que para el creyente común y corriente ya no lo es tanto. Es cada vez más común escuchar entre cristianos decir que ellos creen en Dios, pero no en la Iglesia. Pareciera ser que se está suscitando la antigua búsqueda de la Edad Media tardía por la vera ecclesia.

Ahora bien, sabemos que la función fundamental del pastor es mantener la unidad del rebaño. El sistema jerárquico que hasta ahora tenemos ha servido por siglos para cumplir con esta tarea. Esta forma de organizarnos nació a partir de un contexto socio-histórico determinado, con una cosmología que lo respaldaba. Pero en el mundo de hoy esa cosmología ha cambiado, el contexto también es muy diferente. Si la Iglesia desea cumplir con su misión de ser “sacramento” de unidad, necesita tomar en cuenta los nuevos valores de la organización social. Es patente que a nivel político y gubernamental la transparencia es un valor clave que se hace efectivo mediante leyes que obligan a rendir cuentas de todo. Otro ejemplo, en las empresas hoy es común y recomendable la auditoria externa. Es esta falta de transparencia la que se le crítica a la Iglesia. Otros valores indispensables de nuestra sociedad, por ejemplo, son el de participación activa de la comunidad en la toma de decisiones, la inclusión y la erradicación de la discriminación, etc. Todos son valores que como Iglesia aún nos falta por lograr de modo satisfactorio. Debemos tomar en serio la historia y más precisamente el momento actual como un verdadero lugar teológico.

Este problema de la “estructura del poder” de la Iglesia, o sea un poder verticalista descendente, no es simplemente un problema del Vaticano y los obispos. Lo vemos también reflejado en nuestras parroquias y en la formación de los seminarios por nombrar algunos. Esta es la gran crítica que muchos de nuestros fieles nos hacen, muchos cristianos que ya no se sienten identificados con la Iglesia, de muchos otros que quisieran creer pero les cuesta.

Muchos, incluso el Papa en su carta a la Iglesia Irlandesa [4], hablan de renovación. ¿Pero qué es lo que se entiende por renovación? Dentro de las sugerencias del Papa estaba la adoración al Santísimo, cosa que creo muy oportuna, pero también es necesario ponernos a contemplar a ese otro Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia. ¿Qué es lo que el Espíritu le dice hoy a la Iglesia? ¿En qué consiste esta renovación? Si escuchamos estas “maldiciones”, y nos ponemos a mirar los loci theologici, tanto los proprii como los alieni, es decir tratar la historia y la sociedad como verdaderos lugares teológicos así como lo pueden ser la Escritura, la Tradición y el Magisterio, podremos realmente tomar las acciones adecuadas que son necesarias para una verdadera renovación y no sólo una limpieza a nivel “epidérmico”.

En el siglo XV un cardenal alemán propuso un reforma a la Iglesia. Como muchos otros no fue tomado en cuenta. Años más tarde los mismos descontentos que el cardenal intentó corregir llevaron a la Reforma de Lutero. El cardenal nos deja algunas palabras que, guardando las proporciones, hoy nos pueden servir también:

“Como la Iglesia de Dios es el cuerpo místico de Cristo, con mucha razón comparado con el cuerpo humano por el Apóstol, en el cual, por el espíritu dador de vida, todos los miembros están unidos para que tengan vida, al igual que todos los miembros de Cristo reciben vida en todo el cuerpo de la Iglesia por el Espíritu de Cristo, a quien todos los fieles en el mundo adhieren por la fe. La diversidad de miembros de la Iglesia, sin embargo, es unida por medio de un vínculo de amor, el pegamento de Cristo; y los diversos oficios son posicionados para la edificación del cuerpo. Y los titulares de estos oficios son miembros como cualquier otro, cada uno de ellos contento con estar donde está, eso es, mientras está presente con el Espíritu dador de vida. Ellos son ojos por los cuales los miembros individuales son visitados y adaptados para sus funciones; y esos ojos, si están limpios, iluminan todo el cuerpo, pues ellos visitan el cuerpo y los miembros individuales y no permiten que la corrupción u oscura fealdad se les adhiera al cuerpo y sus miembros. Pero, si los ojos están oscurecidos, todo el cuerpo estará oscurecido. Por tanto, en la Iglesia si los ojos que deberían ser las lámparas del cuerpo están oscuras entonces es obvio que todo el cuerpo esté a oscuras. De todos modos, es notable que el cuerpo de la Iglesia en esta época se ha caído tanto de la luz y del día al ser envuelta en sombras oscuras, especialmente porque los ojos, que deberían ser su luz, han caído en oscuridad. Como el ojo que ve la paja en el ojo ajeno pero no ve la que está en su propio ojo, entonces el ojo no se puede corregirse a si mismo, sino que debe someterse a otro que lo visitará, corregirá y limpiará para que pueda después visitar los miembros del cuerpo.” [5]

En conclusión, necesitamos que otro nos ayude a corregirnos. A continuación, el último párrafo de un artículo de la revista norteamericana “The New Yorker”:

“No es 'anti-católico' plantear como hipótesis que estas cosas [sobre las estructuras de poder de la jerarquía eclesial] tienen algo que ver con la extraordinaria dificultad de la Iglesia en enfrentar los abusos sexuales del clero. Las iniquidades que ahora molestan a la Iglesia Católica son más perturbadoras que las que escandalizaron a Martín Lutero. Pero la sociedad más amplia en que la Iglesia se encuentra implantada ha crecido incomparablemente más libre. En la medida que la Iglesia logre purgarse de su vergüenza – sus pecados, sus crímenes – estará en deuda de gratitud con los abogados, los periodistas y sobre todo, con las víctimas y familias que han tenido el coraje de perseverar, contra formidable resistencia, en hacerla rendir cuentas. Sin sus esfuerzos el sufrimiento de miles de niños estarían aún en secreto. Nuestro mundo moderno, que es a grandes rasgos democrático, secular, liberal y pluralista, contra el cual la Iglesia tantas veces se ha enfrentado resulta ser el mejor maestro – y salvador, se podría decir, de sus más vulnerables y confiados fieles.” [6]

Mi pretensión no es decir lo que ahora se debe hacer, simplemente apelo a que como Iglesia, y como pastores, necesitamos cambiar nuestra mentalidad y tomar más en serio lo que otros nos puedan estar diciendo. En la raíz de todo esto hay también una crítica de método a nuestra forma mentis, o sea nuestras estructuras mentales, como Iglesia. Se podría decir que es una crítica epistemológica, no podemos pretender ser poseedores absolutos de la verdad. Sabemos que la Verdad es Cristo y que ese es el gran tesoro de la Iglesia. Necesitamos sacar de nuestro “tesoro cosas nuevas y cosas viejas”[7]. Tampoco podemos pretender tener el monopolio de la verdad. Para ser fieles a la Verdad y al mismo tiempo estar en sintonía con nuestro mundo necesitamos “relativizar” para llegar a lo Absoluto. Necesitamos transformarnos mediante la renovación de nuestras mentes[8].


Para ir terminando, si tanto nos critican es porque esperan más de nosotros. A ninguna otra institución le han criticado tanto sobre este mismo asunto. Hay algo que el mundo desea ver en la Iglesia y quizás nosotros no estamos dejando que lo vean. Y por último, se lo debemos al sufrimiento de tantos inocentes el hecho de que tomemos las críticas en serio. Así podremos redescubrir que Dios por medio del sufrimiento del inocente puede dar nueva vida al Cuerpo de Cristo.

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