
Homilía Segundo Domingo de Pascua - Año C
11 de abril, 2010
“Ver para Creer”
Algunas claves para enfrentar la contingencia actual de la Iglesia.
El Apóstol Tomás es siempre recordado por su famosa actitud: “ver para creer”. El tema del “ver” es algo que se repite mucho en este tiempo pascual: las mujeres fueron al sepulcro y vieron a los ángeles; Pedro y Juan vieron la tumba vacía; los discípulos vieron a Jesús resucitado; Jesús les mostró sus llagas, etc. Es normal que Tomás, al igual que muchos de nosotros, nos gustaría ver para creer. Ahora bien, cuando hablamos en nuestro lenguaje cotidiano, la acción de ver no se limita a percibir por los ojos los objetos mediante la acción de la luz. A veces decimos, “voy a ver a un amigo”, que es más que simplemente captarlo mediante el sentido de la visión, sino saber cómo está, conversar, compartir un poco, etc.; o cuando enojados decimos, “te la vas a ver conmigo”; o cuando teníamos razón sobre algo exclamamos, “¡Viste, te dije!”… En fin, el ver también significa entender, comprender, encontrar, etc., corresponde a algo de nuestro intelecto. Cuando Tomás dice “ver para creer” también quiere entender. ¿Cómo fue posible que aquel en quien habían puesto sus esperanzas muriera? ¿Y cómo es posible que ahora anden diciendo que está vivo? En el ver del intelecto hay también algo de un salto de fe. Y Tomás hizo ese salto de fe. La fe es creer en aquello que no vemos. Pero Jesús dijo que porque Tomás vio, creyó. ¿Cómo puede creer si es que vio? No es fe la que contempla aquello en lo cual cree. Pero sin embargo, aunque Tomás vio y tocó al hombre Jesús, confesó al Dios que ni vio ni tocó: “Señor mío y Dios mío”. Con estas palabras del apóstol, que nosotros tenemos la costumbre de repetir en la misa cuando el sacerdote levanta la hostia y el cáliz en la consagración, está la confesión de fe en que reconocemos a Cristo como mucho más que un gran hombre, un profeta, un elegido, un muerto caminando… Él es Dios mismo, como se decía en la segunda lectura de este domingo, “el primero y el último”. Él es el mismo Creador en el cual todo fue hecho y todo subsiste, es Dios mismo que se hizo hombre. En la misa no vemos ni tocamos como Tomás lo hizo, pero hacemos el mismo acto de fe, reconocemos ahí a nuestro Señor y a nuestro Dios.
Ahora bien, dice el evangelista Juan también en la lectura de hoy que “Jesús hizo además mucho otros signos en presencia de sus discípulos” y en otra parte, más adelante, dice que si se escribieran todas las cosas que hizo Jesús no cabrían en todo el mundo los libros. Creo que esto se refiere a que Jesús sigue actuando hasta el día de hoy y lo hace a través de su Iglesia. Así como le dijo a los discípulos en el Evangelio de hoy, nos dice también como Iglesia: “Como el Padre me envió a mí, así también los envió a ustedes… reciban el Espíritu Santo…” Así también como los apóstoles en la primera lectura sacada de los Hechos también hoy la Iglesia hace signos en nombre de Jesús. La Iglesia es el cuerpo místico de Cristo como lo afirma San Pablo. Somos la presencia de Jesús, su extensión, su alter-ego, su clon, su perfume y fragancia… a través de nosotros Jesús quiere seguir obrando milagros, curando enfermos, consolando, perdonando, dando vida y esperanza…
Dios nos pide hacer un acto de fe y creer en su Iglesia. Pero, y siempre hay un pero, nos preguntamos hoy, sobre todo después de la reaparición de nuevos escándalos de parte de sacerdotes y la acción ineficiente de la jerarquía al no saber exactamente como tratar con estos casos: ¿Cómo es posible creer en una Iglesia llena pecado y de hipocresía, sobre todo cuando se encuentra en sus propios ministros? Nos gustaría ver algo distinto, nos gustaría ver la santidad de Dios transparentada en la Iglesia, pero no la vemos… Nos gustaría ver para creer… En lo personal no tengo respuestas, lo único que creo es que hoy Dios nos pide hacer un salto de fe y reconocer en esta Iglesia, su Iglesia, y también nuestra Iglesia. La Iglesia no es el Papa ni los curas, todos los bautizados somos la Iglesia. Ellos están al servicio de la Iglesia, pero no son la Iglesia. Cada uno de nosotros es la Iglesia, y es en nosotros que Jesús quiere seguir obrando en el mundo. A través de cada uno de nosotros, desde el más pequeño hasta el más anciano, desde el más rico hasta el más pobre, desde el más santo hasta el más pecador, Dios quiere valerse de su Iglesia para que su palabra llegue a todas partes, para que la fe en Él se propague de generación en generación, para que su paz y consuelo llegue a todos los que la necesitan, que la fe encienda en los corazones más fríos el amor de Dios, para que la ilumine las inteligencias, para que la fe siga dando sentido y propósito a tantos… Depende en gran parte de cada cristiano, con la ayuda de la gracia de Dios, que la Iglesia siga cumpliendo la misión que Jesús le encomendó.
Volviendo a Tomás, ¿saben dónde terminó su historia? En lo personal lo ignoraba, hasta el año pasado cuando estaba en Medio Oriente. Allí me encontré con una gran comunidad de católicos provenientes de la India y me contaron de la leyenda de cómo el apóstol Tomás llegó hasta sus tierras. Dicen que llegó primeramente al sur de la India, a una región llamada Kerala. Aunque nunca he estado ahí, dicen que es una tierra casi mágica, con paisajes extraordinarios, animales exóticos, flora bellísima y una gente lindísima en su cultura, tradiciones y mística… Tomás fundó varias comunidades en esos lugares que hasta el día de hoy existen a través de diversos ritos cristianos. La verdad es que muchos cristianos de occidente no saben esto. Sirve como un botón de muestra de que Dios obra invisiblemente a los ojos del mundo en su Iglesia. Y así, sé que también hoy Dios no sigue de actuar en la Iglesia hoy, y lo hace a través de gente común y corriente como tú y yo, que también tenemos nuestras dudas y flaquezas como Tomás, pero que como él, también queremos dar nuestra vida por nuestro Señor y nuestro Dios.
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